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No, no valió la pena el conflicto

La pobreza, las carencias en educación, la marginación, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, la debilidad de nuestras instituciones, la intolerancia y la animosidad bélica siguen estando presentes

Hace poco se estrenó el volumen final del documental titulado “Los archivos perdidos del conflicto”, en el que se sintetiza la cruenta guerra civil que se vivió en nuestro país.

Este volumen se concentra en el cese del conflicto y la firma de los acuerdos de paz, llegando a cuestionar si con miras a lo ocurrido y después de revivir lo sufrido, valió la pena. Mi respuesta solo puede ser una, sólida, categórica y contundente: no; no valió la pena el conflicto.

La Comisión de la Verdad resumió con exactitud lo que los salvadoreños vivimos esos años: “La violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El Salvador, invadió las aldeas, copó los caminos, destruyó carreteras y puentes, arrasó las fuentes de energía y las redes transmisoras, llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados y en los centros educativos; golpeó a la justicia y a la administración pública la llenó de víctimas; señaló como enemigo a quienquiera que no aparecía en la lista de amigos”.

Basta darnos cuenta que todos tenemos un pariente, un amigo, una persona cercana o un conocido que lamentar como resultado del conflicto, para entender la magnitud de lo que tuvimos que afrontar. Todos sufrimos y perdimos mucho; yo perdí a mi padre. 

Desde luego que mi experiencia personal me convierte en un juzgador imparcial; lo acepto. Jamás encontraré una explicación meritoria o justificación razonable a lo ocurrido el 19 de junio de 1985 en la Zona Rosa. A mí - como a muchos - la guerra me cambió la vida y me convirtió en un férreo crítico de la misma.

Esto no significa que no pueda intentar ver objetivamente las demás aristas y reflexionar sobre la continuidad o desaparición de las causas que condujeron al conflicto. Los protagonistas de un lado y del otro podrán hacer sus apreciaciones, pero a mí me parece que una revisión de los problemas que hoy nos agobian, comparados con aquellos que existían antes de la guerra, conducen a una misma conclusión: tampoco, desde esa perspectiva, valió la pena que nos matáramos entre hermanos.

La guerra terminó pero aún existen bandos que se ven como enemigos, que así tildan a quien piensa distinto y que con esa visión toman decisiones. No es poca cosa que en las principales fuerzas políticas sigamos escuchando un lenguaje de guerra, que se sigan vitoreando tumbas, que se siga incitando a la lucha de clases, que aún usemos términos como oligarquía y proletariado. 

La pobreza, las carencias en educación, la marginación, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, la debilidad de nuestras instituciones, la intolerancia y la animosidad bélica siguen estando presentes como lo estaban antes del conflicto. Soy de los que opinan que puesto sobre la balanza, el conflicto sirvió para poca cosa y que existían muchas otras alternativas.

De esas pocas cosas, destaca precisamente la oportunidad que hoy se tiene de expresar libremente nuestras ideas, de tener espacios en el que sin temor podemos difundir nuestro pensamiento y – por ejemplo - opinar distinto a quienes piensan que el conflicto fue necesario. De ahí que cualquier intento por silenciar o amordazar lo que pensamos, venga de donde venga, debe ser fuertemente rechazado; mucha sangre costó como para que no se valore.

Pero independientemente de que pensemos o no que valió la pena, lo cierto es que la guerra forma parte de nuestra historia y que mal haríamos en quererla ignorar u ocultar sus causas. No podemos actuar como si no hubiera ocurrido; lo que corresponde es aprender de tan espantosa vivencia.

Toca ver hacia adelante y entender que ya que cesó el conflicto y que a nada bueno se puede llegar cuando en lugar de buscar juntos la solución de nuestros problemas, nos enfrascamos en estrategias para aniquilar a quienes insanamente seguimos considerando como nuestros enemigos. 

Artífices, promotores, protagonistas, financiadores, víctimas, testigos, de uno u otro lado: hay que dar vuelta a la página, dejar que cicatricen las heridas, concentrarnos en lo que se nos viene y no en lo que pasó. Olvidémonos de estar removiendo escombros y esforcémonos en levantar juntos los pilares de la sociedad que queremos.

En este afán no hay que olvidar que tener ideas distintas se vale, pero que no se vale querer pisotear, humillar y exterminar a quienes no las compartan o a quienes no aparecen en mi lista de amigos.

El conflicto no valió la pena, pero ya terminó. Hagamos que lo que valga la pena, es haber suscrito la paz.

*Colaborador de El Diario de Hoy.
hsaenz@saenzlaw.com