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Vale la pena

 Lo característico de la familia es, entonces, ser el lugar privilegiado de relación entre hombre y mujer en cuanto tales por medio del matrimonio, la generación y educación de la prole por supuesto, pero también por un aspecto que con frecu

Si nos preguntaran cuál es la célula fundamental de la sociedad, me parece que todos, o casi todos, podríamos responder que ese papel lo cumple la familia. Si, además, nos pidieran que enunciáramos sus funciones específicas, con más o menos coincidencias, diríamos que sus principales cometidos son la procreación, la educación de los hijos orientada a su capacidad de humanización y socialización, el cuidado de las personas necesitadas, principalmente niños, jóvenes y ancianos, y la creación de capital humano para la sociedad.  

Sin embargo, lo dicho parece ser más bien “exterior” a la familia, en cuanto primera sociedad humana. Y como algo extrínseco, a fin de cuentas, no es lo más importante, pues reclama necesariamente unas funciones intrínsecas o interiores, fundamentales, de las que depende.

Dicho de otro modo: la familia no es importante y fundamental sólo por las consecuencias directas que su buen funcionamiento tiene para la sociedad, tales como forjar ciudadanos responsables, solidarios, trabajadores, etc. Es básica porque dichas consecuencias, su eficacia, depende de permitir que sus miembros: padre, madre, hijos e hijas, sean tales. Es el elemento natural y fundamental de la sociedad, no solamente por sus prestaciones y contribuciones sociales, sino por la naturaleza propia de los vínculos que crea, que –-a fin de cuentas-- nos constituyen en personas y -–políticamente--, en ciudadanos. 

Lo característico de la familia es, entonces, ser el lugar privilegiado de relación entre hombre y mujer en cuanto tales por medio del matrimonio, la generación y educación de la prole por supuesto, pero también por un aspecto que con frecuencia pasa desapercibido: ser el ámbito natural del desarrollo humano. Ser el lugar donde nos hacemos personas. 

Hace unos días, hablando con un amigo, me contaba que explicaba a un auditorio la belleza de la familia y el rol principal que tiene como formadora, forjadora, de seres humanos. Uno de los presentes alzó la mano y le hizo saber, de manera respetuosa, lo siguiente: “me va a disculpar -–le dijo--, pero si bien todos estamos de acuerdo en que la familia es una realidad humana muy bella, pensar en que en ella todo va siempre bien, que todas las personas son capaces de formar familias felices, me parece, simplemente, una utopía”… Mi interlocutor me contaba que entró en un diálogo público con este señor, y para abrirlo le hizo una pregunta: “Comprendo su punto de vista, pero me gustaría aclarar antes de continuar: ¿cómo entiende usted el término 'utópico': como algo ideal, algo imposible, o algo muy difícil de alcanzar?” Después de un intercambio de argumentos, datos e ideas, quedaron de acuerdo en que formar y vivir en una familia feliz no es algo imposible, es, sencillamente difícil de lograr. Pero que de valer la pena el intento… por supuesto que lo vale. 

En el fondo de la objeción latía, no sé si consciente o inconscientemente, una actitud cultural cada vez más extendida, algo así como si estuviéramos convencidos de que lo importante para ser felices es ser prácticos, y nada hay más teórico que plantearse ideales de vida que supongan esfuerzo o que impliquen la mediación del tiempo. 

Vale la pena intentarlo pues. Vale la pena no perder de vista el ideal de una familia feliz, plenamente humana. ¡Cuántos no logran objetivos grandes simplemente porque renuncian a planteárselos! Cuántos dejan de intentarlo y fracasan antes de empezar. Como la zorra de la fábula, que al no poder alcanzar unas apetitosas uvas porque estaban muy altas en la parra, se convenció a sí misma de que  no valía la pena seguir tratando de hacerse con ellas, pues, aunque se veían muy apetitosas, las uvas de su deseo… estaban verdes. 
 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare