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Vacante: Se necesita un líder

La vuelta a la democracia planteó grandes desafíos a El Salvador. La ilusión de vivir en democracia en El Salvador se hizo cada vez más factible, producto del sudor, la sangre, el sacrificio y compromiso de todo el pueblo salvadoreño. Sin embargo, no se debe perder de vista que la vida democrática en El Salvador tuvo grandes gestores cuyos nombres, para bien o para mal, han quedado indeleblemente escritos en nuestra historia reciente: José Napoleón Duarte y Roberto d'Aubuisson. Ambos personajes y contendientes políticos, mostraron una gran capacidad y liderazgo en momentos en que el país hubiera podido hundirse en el caos social en que vivíamos en las décadas de los setenta y ochenta.

En nuestro país han existido líderes antes y después de Duarte y d'Aubuisson, pero ahora la sociedad salvadoreña le ha puesto el rótulo de "vacante" al puesto de líder en nuestro país. Eso se percibe. Lo notamos cotidianamente y más recientemente cuando el Tribunal Supremo Electoral hizo lo que quiso con la sagrada voluntad del pueblo al momento de los escrutinios de las elecciones. Resulta evidente la ausencia de una voz coherente, que fuerte y alto denuncie, coordine y reúna a esa gran masa de salvadoreños de los que nos gusta vivir en paz, progreso y libertad, de esos que estamos hartos que en este país nos quieran dar atol con el dedo. Esa ausencia de liderazgo me hace temer que quizás finalmente, como sociedad, nos "domaron".

El pueblo que votaba bajo las balas, ahí está. Esos hombres que valientemente iban a trabajar, en la ciudad o en el campo, aún cuando la guerrilla ordenaba paros, todavía están en El Salvador. Todavía están las mujeres que salían a protestar a la calle con cacerolas en mano por la grave situación económica del país. Pero su líder, ¿a dónde está?

Ahora tenemos intelectuales de Facebook, protestantes de Twitter, líderes de opinión de saco y corbata, que nos brindan caudales de información sobre lo mal que está nuestra economía. Sesudos análisis escritos desde la laptop de ejecutivos de la palabra que permanecen en sus oficinas alfombradas con aire acondicionado. Necesitamos un líder, pero de esos que andan con zapatos sucios. Sucios por las salpicaduras de lodo y polvo, propios de las personas que están con el salvadoreño de la calle, que dan la cara no solo en la radio y en la televisión, sino que van liderando las marchas en las que se expresa el descontento del país.

La búsqueda de los rasgos de líderes ha sido una constante en todas las culturas durante siglos. Escrituras filosóficas como la República de Platón o las Vidas de Plutarco, han moldeado el pensamiento occidental respecto a este tema. A mediados del Siglo XX, sin embargo, una serie de exámenes cualitativos de los estudios sobre liderazgo llevó a los investigadores a tener una visión radicalmente diferente de las fuerzas impulsoras detrás de liderazgo. En la revisión de la literatura existente, encontraron que mientras que algunos rasgos son comunes a través de una serie de estudios, la evidencia general sugiere que las personas que son líderes en una situación pueden no necesariamente ser líderes en otra. Lo que necesitamos ahora es un líder que surja de estos tiempo de crisis, adaptable y adaptado a nuestra situación actual. Una persona no solo con estudios y capacidad, sino con visión y carisma que lo haga atractivo, tanto para el ilustrado como para aquella persona carente de preparación.

Los tiempos difíciles son tiempos de crisis, de cambio, de oportunidad, no son necesariamente tiempos adversos dependiendo de cómo los enfrentemos nosotros como ciudadanos. Muchas sociedades han logrado superar con éxito tiempos difíciles: lo han hecho por su capacidad de convertir amenazas y problemas en oportunidades, pero curiosamente, siempre ha existido un guía para llevar a esos ciudadanos por la senda del progreso.

Parece importante desterrar la imagen del líder como superhéroe que todo lo puede y todo lo sabe, al estilo nefasto de Hugo Chávez, Fidel Castro o de las extintas dictaduras militares. Lo que necesita el país es ese líder que no obstante sus imperfecciones humanas, nos genere confianza, nos transmita una visión diferente del futuro, que se preocupe --pero de verdad y no por clientelismo electoral-- por las personas, que sea humilde para escuchar las más sentidas necesidades del país, así como las críticas de su gestión, y que nos demuestre que ese binomio "político honesto" realmente existe.

Queremos un líder que acepte que no es el "iluminado" enviado del cielo para salvarnos de nosotros mismos, sino que acepte que no lo sabe todo y que por ello se sepa rodear de gestores, especialistas y técnicos que le hagan tomar decisiones acertadas respecto al rumbo correcto que debe llevar el país, no para los próximos cinco años, sino para los próximos 50. Es por ello que es de enorme importancia que el líder se conozca a sí mismo, sus fortalezas y sus áreas de mejora, para buscar ayuda y apoyo donde y cuando sea necesario para el bien del país.

No cabe duda de que el liderazgo no va unido necesariamente a la posición en un organigrama. Puede existir --y habitualmente existe--, un liderazgo "oculto" en personas que, sin desempañar un puesto de dirección, son capaces de ejercer un estilo de liderazgo muy necesario para las organizaciones sociales. En El Salvador, no nos queda más que esperar a ver si ese rótulo de "vacante" al fin es quitado de la silla del líder que le hace falta al país.

*Colaborador de El Diario de Hoy.