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Uno de los senderos de la felicidad

"Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir". Con esta frase terminaba mi columna del pasado lunes y con ésta misma hoy quiero comenzarla. ¿Por qué? Porque aunque esa frase pertenece a la homilía de una misa celebrada al aire libre por San Josemaría Escrivá, en 1967, encierra tal sabiduría que trasciende no sólo a espacios y tiempos sino también al hecho de que esté dirigida principalmente a personas de religión católica. Pienso que puede ser un punto de luz para gente que profesa otra religión o que no tiene ninguna.

El principio de la filosofía, de la investigación científica y de la poesía está en el asombro; nace de quedar maravillados, cautivados, por una o por todas las realidades que nos rodean, porque todas encierran una verdad, una belleza y un misterio. Sabremos descubrirlas si conservamos algo de la mirada inocente y entusiasta de la infancia y la alegría de gozar de la vida no como una condena sino como un regalo inmerecido. Y su contrario, el captar de las cosas sólo su valor utilitario, aceptarlas y usarlas con ánimo rutinario, aburrimiento, o fastidio, es el peor envejecimiento del alma.

Si vuelvo a insistir en esto, en saber descubrir lo maravilloso, lo divino, en lo que a primera vista nos parece vulgar, sin atractivo alguno, es porque en ello está uno de los senderos del amor y de la felicidad y porque hoy día son muchos los que lo ignoran o lo desprecian.

La anticultura ambiente tiene caminos anchos y cómodos por donde se adentra mucha gente, pero esos caminos terminan en desiertos o en fatales abismos. Todos los seres humanos buscamos la verdad y la felicidad: son impulsos profundos de nuestra naturaleza racional y libre. Pero muchos las buscan por donde no se encuentran: por los placeres, el ocio, la comodidad y una libertad de falsos derechos sin obligaciones. Gente así no soporta minutos de soledad silenciosa, porque eso les hunde en el vértigo de su vacío interior, producto de su egoísmo. Sólo saben distraerse en mil actividades superficiales.

"Distraerse es fácil y natural" --dice mi admirada Susanna Tamaro-- "ocasiones para hacerlo son casi infinitas y no conllevan esfuerzo alguno: es suficiente con apretar el botón de un mando a distancia cualquiera… Pero distraerse demasiado es también muy peligroso: de tanto distraerse, al final puede ocurrir que uno se levante por la mañana, se contemple en el espejo y vea a una persona que no conoce".

En cambio, minutos u horas de soledad son un medio necesario para entrar en intimidad con Dios, o al menos con uno mismo. "Y paradójicamente la soledad" --insiste Susanna Tamaro-- "es también el mejor medio para aprender a comunicarse. Tan sólo conociéndome, es decir, conociendo mi interioridad, puedo hablar a la interioridad del otro. Estamos asaeteados, cercados, sofocados, estrangulados por todas las palabras que brincan alrededor por el aire. Cuanto menos hay que decir, más se multiplican los medios técnicos para decir. Es tragicómico pero es así. Ríos de palabras para no decir nada. Ríos de palabras para sentirse cada vez más solos".

He ahí el punto clave. La tecnología es parte necesaria de todos los que vivimos en el mundo corriente. Los instrumentos tecnológicos de comunicación también tienen su atractivo fascinante, demasiado fascinante con frecuencia. Y de algún modo se oponen al saber mirar, saber ver, saber escuchar y saber disfrutar del mundo natural, que exige casi siempre dosis de soledad y de silencio.

Para el común de la gente, su jornada habitual está llena de menudas obligaciones que se repiten cada día. La influencia, opresiva o tonificante, que tengan sobre su salud mental, depende mucho de ese saber encontrar en ello su sentido divino, su verdad, su belleza, y sobre todo el bien que encierran para todos los que, de algún modo, participan de su vida.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com