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Una tragedia de incentivos

El problema no es nuevo. Lo nuevo es la atención mediática y el calificativo de crisis humanitaria (que con 50,000 menores detenidos –y contando– en las fronteras, lo es). Entender o explicar el tema de la inmigración de menores y adultos desde Centro América a Estados Unidos no necesita de mayores análisis académicos o de sesudas teorías filosófico-políticas, pues es un tema de incentivos: nada más propio del ser humano.

Infaliblemente, la conducta humana se mueve por incentivos: así intervenga el miedo, la violencia, las consecuencias legales, nada determina más las decisiones que la posibilidad de acrecentar tanto el nivel de bienestar como las posibilidades de supervivencia. Y es esto lo que, por años, ha movido a millones de centroamericanos a cortar sus raíces y enfrentarse a los horrores de la migración por tierra: en el análisis costo-beneficio, sigue siendo mejor el beneficio de la posibilidad de cruzar la frontera --incluso a pesar de que estadísticamente se esté reduciendo gracias al refuerzo de fronteras, seguridad y abusos estatales-- que los costos de la deportación, los padecimientos del viaje y el conformismo a quedarse en el lugar de origen.

En una columna publicada en el Dallas News, Christine Warwick llegó incluso a comparar la situación presente en que el presidente Obama (que por cierto, ostenta el mayor récord en deportaciones) intenta presionar que se expedite el proceso de deportación de los miles de menores no acompañados detenidos en las fronteras, con el rechazo del St. Louis. En 1939, el barco alemán St. Louis llegó a las fronteras estadounidenses con casi mil judíos a bordo, que solicitaban refugio ante los horrores del nazismo del que habían escapado a puras penas. La ley no contemplaba su acceso, por lo que fueron devueltos a su lugar de origen. Todavía permanece el cuestionamiento sobre si el actuar del gobierno de Franklin D. Roosevelt fue apegado a la ética, a pesar de que no se duda de que fue apegado a la legalidad.

Aunque es más bien hiperbólico comparar el viaje del St. Louis con las deportaciones de los menores detenidos actualmente y las que seguirán inevitablemente mientras la política migratoria y de drogas de Estados Unidos no cambie, sienta las bases para una reflexión sobre los aspectos éticos con los que se tratan las crisis humanitarias en la frontera.

Las razones y los orígenes del problema no son lo que se ataca con las deportaciones: sólo los síntomas. Los incentivos para huir de los lugares de origen, como la violencia que causa la fracasada guerra contra la droga que sigue dándole el poder a los carteles sin que se reduzca el consumo un ápice, el creciente y politiquero estado de bienestar estadounidense que para muchos podría resultar atractivo, la incapacidad de nuestras sociedades de rehabilitar a las comunidades marginadas, ninguno, cambia ni mejora con las deportaciones. Y al ser esta una tragedia humana, no es más, al final del día, que una tragedia de incentivos, que seguirá siendo tragedia mientras los incentivos no cambien.

* Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg