Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Una pregunta con enjundia

Un día de estos un alumno me cuestionó acerca de los principios éticos más reconocidos. Y, como adolescente que era, no quería saber qué principios morales eran políticamente correctos, o ampliamente aceptados. Quería que le explicara de una sola vez, qué se considera bueno y malo en esta sociedad en la que vivimos.

Hicimos un ejercicio interesante. Empezamos por desmarcarnos de la religión, del derecho, y de la escuela, en tanto abstracciones, y a centrarnos en los valores y sensibilidades que nos son formados en la familia, la iglesia, y la educación formal por padres, pastores y maestros; sin dejar de lado lo que recibimos en la convivencia diaria por parte de los vecinos, coetáneos y amigos; ni, por supuesto, prescindir de lo que nos presentan como ideales de vida los medios de comunicación.

Después separamos la vida pública de la vida privada. Pues de lo que cada uno haga con su vida --decía--, otro no tiene derecho de juzgar. Así que optamos por dejar de lado el ámbito privado y nos centramos más en lo público cotidiano.

La primera conclusión es que en la vida de trabajo, lo que prima es la eficacia. Mientras que en la vida de ocio parece haberse instalado una tendencia general, según la cual entre más transgresora o desinhibida sea una conducta (a pesar de que no se considere "buena"), termina por ser la más buscada, a veces con costos muy altos, y no nos referíamos exclusivamente a los económicos.

En estos tiempos de sensibilidad política, la inquietud intelectual de mi alumno iba más dirigida hacia el comportamiento y valores de los políticos, que hoy en día están más expuestos a la vista pública. Con sentido común me decía: no nos fijemos en lo que cada político o partido dice de sí mismo. Veamos mejor lo que unos dicen de otros, porque saber si la gente les cree, cómo reacciona y si la propaganda incide en las preferencias electorales, es harina de otro costal.

Pues bien, después de traer a cuento unos cuantos casos que ventilan los medios de comunicación, el estudiante ponía una simple etiqueta a todos los políticos: hipócritas. Así, en general y sin matices. Adolescente al fin; sinónimo de persona que hace juicios duros, sin opción a bemoles ni medias tintas; ponía en un lado de la balanza los escándalos públicos que unos políticos achacan a otros (sobre todo si son sus adversarios), mientras echaba en falta en el otro platillo el contrapeso de las conductas escandalosas de los acusadores…

Además, analizaba, los escándalos que se achacan a los políticos van más por el lado de malversación de fondos, derroche de recursos del Estado, enriquecimiento desproporcionado. Conductas que muestran cómo priman los propios intereses por encima de los intereses públicos. Pero nunca se les aplica el sencillo rasero de evaluar la eficacia de su trabajo; se da por supuesta, y así se los libra del único juicio que de verdad valdría la pena cara a las elecciones: ¿han respondido a las expectativas de quienes les eligieron? ¿Está mejor el país ahora que antes de ellos?

Nuestro improvisado "analista" no quería caer en el vicio que achacaba a los que acusaba, y por eso --decía-- hay que fijarse más en los logros que en las ideologías. Hay que poner la lupa en la salud, la educación, la seguridad, más que en la economía pues a fin de cuentas, en eso del dinero siempre se puede salir adelante si uno trabaja y, sobre todo, si lo dejan trabajar.

A decir verdad, me dejó pensando, por eso transcribo sus reflexiones. Allí quedan.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org