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Una nueva oportunidad para la democracia en Latinoamérica

Ganó Venezuela, ganó Latinoamérica, ganaron la libertad y la democracia. El desafío, sin embargo, es grande, ya que gigantescos se han vuelto los problemas de ese país

Tremenda empatía ha sido mostrada en diversas regiones del mundo ante el triunfo en las urnas de la oposición venezolana –David contra Goliath–, cuya contundencia pocos habrían podido prever. La gente dijo “¡no!” a una inflación que devora salarios; a la carestía de productos de la higiene básica, alimentos, medicinas; al despilfarro de las finanzas del Estado que tras la bonanza de los precios del petróleo se encuentran ahora en rojo o casi en rojo; a la criminalidad imperante y el tensionamiento político engendrado por “la revolución” que buscaban exportar.

La presión internacional de los últimos meses, las encuestas mostrando una amplia ventaja hacia la oposición –que por fin se unificó en medio de sus discrepancias–, y la crisis generalizada en esa nación hacía ver como posible el gane opositor aunque siempre con la incógnita de qué pasaría el 6 de diciembre. Por las razones que fueran, fundamental fue la salida de Nicolás Maduro aceptando el resultado electoral el domingo por la noche. Y horas antes que se presentara en televisión el ministro de la Defensa Nacional y su plana mayor para aplacar, con su presencia en el momento más crítico, un eventual desbordamiento al final de la jornada.

Ayer martes la oposición reunida en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD)  obtuvo los dos diputados que necesitaba para tener las dos terceras partes de los escaños de la Asamblea Nacional, la mayoría calificada. Ganó Venezuela, ganó Latinoamérica, ganaron la libertad y la democracia. El desafío, sin embargo, es grande, ya que gigantescos se han vuelto los problemas de ese país rico en recursos naturales y en su capital humano. Serenos y sobrios están siendo los mensajes del liderazgo de la MUD.

Venezuela no está para revanchas –nadie debería nunca estarlo–, y lo que se requiere ahora es trabajo. Por supuesto que parte del trabajo es una ley de liberación de presos políticos. Lilian Tintori, la esposa de Leopoldo López, preso político del régimen, le lanzó una rama de olivo a Maduro al pedirle la liberación de López. Sería inteligente de parte de don Nicolás acceder y liberarlo, al igual que a los alcaldes Ledezma, Ceballos y decenas de estudiantes, aunque implique con ello reconocer la sinrazón de su cautiverio. Abonaría al clima de colaboración entre el gobierno y la oposición que requiere Venezuela para centrarse en resolver los problemas de la gente, que es al final el objetivo de la función pública.  
 
Pesos y contrapesos le dejó la jornada del 6 de diciembre a Venezuela, algo tan esencial para la convivencia armónica. Nadie dice que la tendrán fácil de acá en adelante en esa nación suramericana, ni el chavismo ni la oposición, ya que deberán ir aprendiendo a convivir en aras de restablecer y respetar las reglas del juego de la sociedad democrática. Esto es algo que los venezolanos sostuvieron durante décadas a pesar de los vicios latinoamericanos que posibilitaron la llegada de gobernantes populistas de corte autoritario –Chávez, Kichner, Correa, Evo, Ortega– cuyo ciclo está llegando a su fin.

En un reciente foro en Washington D.C., el “editor at large” para Latinoamérica de The Economist, Michael Reid, dijo citando al ex primer ministro inglés James Callahan, quien perdió ante Margaret Thatcher: “Hay tiempos, tal vez cada 30 años, en los que hay un cambio profundo en la política. En ese momento no importa lo que digas o lo que hagas, hay un cambio en lo que el público quiere”. 

Los resultados en Argentina y Venezuela apoyarían ese argumento, aunque comparto con el editor de la revista de que la centro-derecha hemisférica no tendrá “pasaporte automático a la presidencia”, necesita buenos candidatos y programas novedosos.
 

*Director Editorial de El Diario de Hoy.