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Una música sublime

El canto de las sirenas, representa en la mitología antigua el poder del espejismo y el hechizo para apartar al hombre de su ruta. Para resistir al reclamo, Ulises se ató al mástil, y Jasón escuchó una música más alta que la de las nereidas

Narra Homero cómo la diosa Circe advierte a Ulises del peligro que le acechará al navegar cerca de la isla de las sirenas: “que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien aproxima su nave sin saberlo y escucha la voz de las sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos”, restos de marineros que atraídos por los bellos cantos terminan por ahogarse al lanzarse al agua, o por encallar en las rocas de la orilla y perder sus barcos y sus vidas. 

Es conocido cómo Ulises manda a todos sus marineros taponarse los oídos con cera, y ordena que le aten al mástil de la nave, pues queriendo escuchar el canto de las sirenas, no está dispuesto a dejarse seducir como le ha sucedido a tantos incautos. Odiseo, aunque forcejea por librarse de las ligaduras al escuchar el fatídico canto, sale bien librado y puede continuar su camino hacia Ítaca.

Pero Ulises no es el único héroe que resiste a las sirenas. Apolonio de Rodas narra cómo Jasón se enfrentó al mismo peligro. A bordo del Argos también se aproximó a la isla, y cuando las tentadoras empezaron a entonar su seductora y fatalmente atractiva melodía, los marineros enloquecieron y pusieron rumbo a la costa, sin saber que navegaban a su perdición. Entonces Jasón ordenó a Orfeo, músico de Tracia, que entonara sus cantos. Tomó la lira y se puso a cantar tan bellamente, que los argonautas quedaron embelesados por las melodías de Orfeo, y se olvidaron de las sirenas. 

El canto de las sirenas, representa en la mitología antigua el poder del espejismo y el hechizo para apartar al hombre de su ruta. Para resistir al reclamo, Ulises se ató al mástil, y Jasón escuchó una música más alta que la de las nereidas, una música sublime. 

Había leído esta comparación en un escrito de Eduardo Peláez, utilizada en sentido moral. Sin embargo, viendo el revuelo que la visita del Papa Francisco ha tenido en los Estados Unidos, no he querido dejar de compartir con los lectores la siguiente reflexión: hay quienes que como Ulises quieren llevar su vida a puerto seguro, y en el camino se cruzan con los cantos de sirena que les atraen hacia cosas que, si bien conocen perfectamente que son dañinas e --incluso-- tienen un tremendo poder de destrucción, es tan fuerte su atracción, que no encuentran otro remedio para resistir la tentación que amarrarse con el rigorismo de la norma, de la ley, inmovilizarse a sí mismos y lograr un doble efecto: resistir los cantos y terminar entristecidos, lastimados por las mismas cuerdas con que ellos se atan. 

En cambio, hay otros que hacen como Jasón: ante las tentaciones que pugnan por desviarlos del camino, no se amarran, no se limitan: buscan lo que está más alto. Escuchan esa música sublime que encierra la verdad, y entienden que vale mil veces más la pena luchar por lo de arriba que ceder ante lo de abajo. 

Es lo que Francisco ha hecho ver a tantos norteamericanos, tal como recogen variadísimos testimonios. Su forma de ser, de actuar y de decir, ha cambiado en muchos la idea que tenían de la religión (atadura, norma, ley), y les ha hecho ver la belleza y el atractivo de la doctrina, la alegría de una vida vivida junto a Jesucristo. El Papa, como Orfeo, entona una música sublime que para quien es capaz de escucharla, opaca definitivamente cualquier canto de sirena.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare