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Una cuestión mental

"La mente en sí misma, puede hacer un infierno del cielo y un cielo del infierno", dijo John Milton, autor de El paraíso perdido. Frase prodigiosa, que descubre una de las grandes verdades de la naturaleza humana. Nuestra mente, el mayor logro de la evolución y el regalo más preciado de Dios, puede hacernos felices aún en las más difíciles circunstancias, pero también hacernos miserables aunque lo tengamos todo.

El cerebro humano, con sus cien mil millones de neuronas, es en el que se asienta la mente. La corteza prefrontal, comparativamente la más grande con respecto a otras especies, es la que hace la gran diferencia. No podemos volar, corremos con lentitud (aun Usain Bolt, el más rápido corredor de la actualidad, sería alcanzado fácilmente por un lobo viejo), no tenemos una coraza protectora, no tenemos veneno que nos haga temibles ni la fuerza suficiente como para luchar cuerpo a cuerpo contra un depredador o una pieza de caza. Pero tenemos la mente, que hace todas esas cosas innecesarias para la supervivencia. En lugar de pelear directamente con un mamut --cosa muy ingenua-- nuestros antepasados subían a un risco debajo del cual pasaban mamuts, esperaban pacientemente con una roca lista, y al pasar el animal debajo dejaban ir la roca y ¡Pum! comida para varios días. Después vinieron las flechas y las lanzas, los anzuelos y las trampas. Todo producto de la mente humana. Sin esta capacidad de razonar, de aprender, de prever, hace mucho tiempo hubiésemos desaparecido de la faz de la Tierra. Una especie transitoria más. Pero la mente nos ha dado la capacidad de adaptarnos a todos las condiciones, de transformar la naturaleza y de dominarla. Hacemos la vida más confortable, nos entretenemos de miles de formas, curamos enfermedades y conocemos desde las más pequeñas partículas hasta el Universo. Tenemos conciencia. Somos la única especie que sabe, y que sabe que sabe. Es una bendición. Pero también somos susceptibles a la desviación. Después de idear instrumentos para la supervivencia creamos otros para la destrucción. Vinieron las espadas, las catapultas, las armas de fuego, las armas nucleares, y con ellas las estrategias de guerra, las formas de cómo dominar a los demás en base a la fuerza. El ser humano es en cierto sentido bipolar. Es capaz de las más nobles y elevadas acciones, y también de las más crueles y destructivas.

Y como en lo colectivo es también lo individual. Muchas personas sufren, más que por lo que les pasa, por la forma cómo ven lo que les pasa. Son víctimas de su propia mente. Algunas sufren hasta lo indecible porque este año no ganaron lo que tenían proyectado y empiezan a fantasear con la ruina aunque ésta no se vea en el horizonte. Un dolor del hígado no hace pensar en una mala digestión, hace pensar en cáncer; uno en el pecho es el presagio inminente de un infarto. Se adelantan años y se comienza a pensar, a veces obsesivamente, en la muerte. Todo puede ser el inicio de una tragedia, y la vida se vuelve miserable. Las cosas malas pasan, son parte de la vida y sirven para crecer. Las personas que ven así la vida, con una actitud optimista, son las que logran aprovecharla. Aprenden a ver lo bueno y esto les hace soportar lo malo. Son las que incluso son capaces de convertir el infierno en un cielo.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.