Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Una batalla necesaria

Si se cava y se buscan las raíces desde las que se alimenta la discusión actual sobre el aborto, lo que en la superficie se presenta como cuestiones religiosas, más en el fondo termina por ser un tema profundo de humanidad.

En concreto, cuando el pensador se despoja de prejuicios ideológicos, sociológicos e incluso religiosos, el núcleo duro de la difícil cuestión del aborto presenta el rostro de la libertad.

En el fondo no subyacen cuestiones de fe o moral cristiana, sino dos concepciones opuestas de la libertad. Tanto de la individual de cada uno, como de la libertad política que los distintos sistemas de organización social alegan promover y defender.

Se enfrentan los que saben que la libertad es una cualidad irrenunciable de los seres humanos, por la que somos capaces no solo de optar por el bien, sino --más importante para lo que nos ocupa-- también de evitar el mal; y los que prescinden de categorías de bueno o malo, y piensan que la libertad consiste simple y llanamente en escoger sin coacción.

Entre medias también están los que niegan la libertad, porque le temen o porque no saben cómo utilizarla, y confían sus decisiones a terceros, ya sean líderes políticos, sociales o religiosos; la cultura en boga, la fuerza del sentimiento, o cualquier otra instancia en la que puedan flotar y dejarse llevar por la corriente moral que impere en la sociedad en la que viven.

Curiosamente tanto el individualismo que consagra la libertad como absoluta, o las doctrinas que absolutizan la cultura por encima de las personas, terminan por coincidir. Todos rechazan la concepción de la libertad humana como una capacidad para ser mejor, y defienden la postura que considera que ser libre es, simplemente, no estar sujeto a nada. Defienden el aborto como un derecho de los adultos, y miran para otro lado a la hora de considerar los derechos del no nacido.

Declararse pro vida sin defender la realidad de la existencia de patrones independientes de la conciencia individual, es arar en el mar. Querer que el respeto de la vida --de toda vida-- medre en una cultura que "decide" cual vida merece respeto y cual no, quiénes tienen derechos inalienables y quiénes no, no solo es perder el tiempo, sino también renunciar a toda esperanza de diálogo, pues quien así razona habla en un idioma incomprensible para los que piensan diferente.

Quien ha perdido el sentido de la inviolabilidad de la vida humana, no puede entender a los que defienden al no nacido, al enfermo terminal, a los débiles y necesitados.

Entonces la vida gestante no es un fin en sí misma, sino un medio para el ejercicio de la "libertad" de quienes depende: la madre que no desea a su bebé, la sociedad que considera que no vale la pena traer nuevas vidas al mundo, el padre que solo ve en su hijo una complicación para su existencia, o los activistas que luchan por unos derechos abstractos y condenan a muerte a niños y niñas concretos.

En el fondo la dignidad de la vida humana termina siendo sustituida por la "calidad" de la vida humana. Una calidad que obedece a parámetros de utilidad.

La historia muestra que si la moral capitula a la autonomía de la libertad, en el hecho mismo de rendirse y sustituir lo bueno por lo útil, por lo placentero, comienza su auto destrucción. Pues si bien las acciones inmorales pueden reportar beneficios en el corto plazo, en el mediano finalizan por destruir la libertad de quien tan radicalmente las defiende, y --dejados a sus cortas fuerzas-- terminan como esclavos de quienes tienen el poder de los votos, de las armas o de la demagogia.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare