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Una apuesta muy riesgosa

Aunque los responsables de la seguridad saben que ese es un camino equivocado, han decidido darle a las personas lo que desean

 A mayor represión se genera mayor violencia. Esta no es una idea antojadiza sino que parte del enfoque epidemiológico de la violencia que es sostenido por la Organización Mundial de la Salud y por el especialista James Gilligan. La represión es la manera más efectiva que el ser humano haya podido descubrir de multiplicar el patógeno de la violencia. El principio está probado en todo el mundo y en toda la historia. Esto no significa, como algunos piensan, que no se deba castigar a quien ha delinquido. La represión es necesaria siempre y cuando se aplique en el marco de la ley, en apego a los protocolos y procedimientos, sobre la base de los derechos humanos y teniendo como propósito la rehabilitación de la víctima y del victimario. Pero cuando la represión se aplica arbitrariamente, como fuerza bruta, violando la ley, lo que tendremos será más violencia. En la historia nacional los índices de violencia han tenido alzas y bajas. No se requiere ser brillante para darse cuenta que históricamente la violencia ha aumentado siempre que los niveles de represión recrudecieron.

Hoy, vivimos la etapa más represiva de la posguerra y allí están los resultados para quien desee verlos: los más altos índices de violencia en lo que va del presente siglo. ¿Es que los responsables de la seguridad pública no conocen esta lógica elemental? Por supuesto que sí la conocen. De hecho, los funcionarios actuales son quienes más coherentemente han hablado del tema y han desarrollado el esfuerzo que se llama Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana: toda una articulación que lleva como propósito formular e implementar un gran plan de prevención de la violencia. Pero si ellos saben que a mayor represión hay mayor violencia y si saben que el futuro se encuentra en la prevención ¿por qué están aplicando una política tan represiva que sobrepasa la legalidad y los protocolos? Porque hoy, igual que siempre, el tema de la seguridad se está usando con propósitos electorales.

La ciudadanía ya está harta de tanto asesinato, extorsión, amenaza, injusticia y falta de libertad. Las cosas han llegado a un punto de colmar la paciencia. Ya cansados y siguiendo la tradicional conducta vengativa salvadoreña, las personas piden que se aplique mano dura contra las pandillas. Es el lenguaje que las personas entienden y que, equivocadamente, piensan que traerá la seguridad que tanto anhelan. Aunque los responsables de la seguridad saben que ese es un camino equivocado, han decidido darle a las personas lo que desean. A cambio, esperan que las personas les favorezcan en las próximas elecciones al percibir que, al fin, hay un gobierno que le está dando su merecido a las pandillas.

Los resultados de esa política nos han convertido de nuevo en el país más violento del planeta. Los homicidios no han disminuido sino duplicado, las extorsiones han arreciado y el reclutamiento de las pandillas se ha vuelto universal y obligatorio. Las personas se han dado cuenta de ello pero continúan con la idea ingenua que las cosas comenzarán a mejorar. La apuesta es que las personas se mantendrán en ese estado de ingenuidad hasta las próximas elecciones. Pero para ello falta tiempo aún. Es una apuesta muy arriesgada que va contra el tiempo, pero, además, inhumana. Siempre son los pobres quienes siguen poniendo sus muertos. 
 

*Colaborador de El Diario de Hoy.