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Última llamada

En el gran drama de los acontecimientos nacionales, dignos de la inspiración de Sófocles o Eurípides, el telón se levantará una vez más el próximo domingo 9 de marzo del año 2014. Esta es la última llamada.

A pesar de la feroz imposición que se ha evidenciado a lo largo de todo el proceso electoral a favor del partido oficial, a la que sorpresivamente se suma ahora la noticia de la sustancial ayuda de Taiwán, los últimos sucesos en el interior y en el exterior de nuestro país permiten prever un resultado muy diferente al del 2 de febrero del año en curso. Esto es así, como consecuencia del despertar de un pueblo que ha valorado en toda su plenitud los beneficios de la libertad y la función modular del derecho, en contra de la arbitrariedad, la incapacidad y la inseguridad que actualmente sufre nuestro país. La ciudadanía, cansada de tantas palabras vanas y falsas pronunciadas al más alto nivel, que merecerían un "¿Por qué no te callas?", célebre frase con que el Rey Juan Carlos de España frenó un interminable discurso del comandante Chávez, la ciudadanía ha podido constatar, decimos, con plena nitidez, de que una cosa son las palabras afrentosas y otra, muy distinta, la angustiante realidad de nuestro pueblo.

Por otra parte, la sociedad ha tomado conciencia de la gran paradoja que envuelve una gran injusticia histórica: durante los doce años de la guerra civil, es innegable que se cometieron graves excesos por ambos contendientes. No me refiero a las inevitables bajas que se ocasionaron como consecuencia de los enfrentamientos bélicos. Me refiero a los asesinatos a mansalva, con premeditación, alevosía y ventaja, como el incalificable caso de los padres jesuitas imputable al estamento militar. Pero, por el lado de la guerrilla, también se cometieron actos execrables de gran magnitud, contra fiscales, cancilleres y altos funcionarios, con un ensañamiento ajeno a los rigores propios de las batallas.

Después de los Acuerdos de Paz del 16 de enero de 1992, ha sido y es unánime el criterio general que otorga a la Fuerza Armada, sector protagónico del conflicto, la mejor calificación por la manera tan disciplinada con que ha cumplido sus nuevas atribuciones constitucionales, a pesar de haber sido reducida --legítimamente-- en las que antes le otorgaba la Constitución. La fuerza guerrillera, en cambio, convertida en partido político por decreto legislativo, calidad que le otorga, innegablemente, el disfrute de los derechos políticos correspondientes, excluyó de sus filas a todos los cuadros discrepantes y ha utilizado, de mala fe, las instituciones democráticas para intentar destruir la democracia.

¿Por qué --entonces-- los militares de más alto rango, que en su momento cumplieron con el deber que las circunstancias les impusieron, han sido perseguidos, condenados por tribunales extranjeros, o han sufrido y sufren persecución y destierro, mientras la antigua guerrilla y sus cuadros más calificados gozan de privilegios que incluso les permite a sus comandantes aspirar a los más altos cargos públicos de la nación? Paradojas de la historia y de la vida a las que cuesta encontrarles una respuesta satisfactoria. Castigo para unos; premio para los otros. Como dice el dicho popular: "O todos en el suelo o todos en la cama".

Por otra parte, en el panorama internacional, los sucesos de Venezuela, providencialmente les han abierto los ojos a quienes, románticamente, creían en las bondades del Socialismo del Siglo XXI. Este tipo de doctrinas no hace más que arruinar las potencias espirituales de los pueblos y convierten el odio social en el disparador de la violencia y la delincuencia. ¿Qué otra cosa puede esperarse del común de la gente, cuando oye de los dirigentes nacionales e internacionales, la más constante y agresiva predica contra los oligarcas, contra los fascistas, contra los empresarios, contra los explotadores, contra "los escuálidos" y contra "los gusanos"? Con ese mal ejemplo, sólo cabe esperar, en virtud de las leyes de la imitación (Gabriel Tarde) la proliferación del odio y del delito, cada quien por su cuenta, hasta llenar de sangre las calles de los países que reciben ese siniestro bombardeo verbal, con cifras de asesinatos insospechadas cuando reina el orden basado en el rigor de la ley.

El próximo domingo, vistas las oscuras circunstancias internas y externas que rodean a nuestro país, los salvadoreños tenemos la oportunidad de hacerle honor a nuestra historia, pletórica de sucesos heroicos, y frenar las aspiraciones expansivas de doctrinas perversas que en los países en que han sido aplicadas, sólo han llevado luto, división, hambre, violencia y odio: los componentes exactos de la destrucción de los pueblos.

El derecho en función social, en cambio, con bienestar para todos, con libertad para expandir el espíritu emprendedor de los habitantes, con justicia imparcial y no alineada ideológicamente, con un clima amistoso para las inversiones nacionales y extranjeros, con transparencia, con rendición de cuentas, con impunidad, y, en fin, con vigoroso espíritu de progreso, esperan hacerse realidad con el voto masivo, racional y entusiasta de los ciudadanos que forman el cuerpo electoral de la nación.

Conciudadanos: Cumplamos el próximo domingo el grato deber de hacerle honor a la letra y a las sagradas notas de nuestro Himno Nacional:

"Saludemos la patria orgullosos

De hijos suyos podernos llamar;

Y juremos la vida animosos

Sin descanso a su bien consagrar".

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*Doctor en Derecho.