Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

La última lección de Don Lucho

“Conviene arriesgar, tantas veces me escribiste. Llénate de confianza, apuéstale a algo grande. Busca esa amistad dulce y apremiante, sé fiel, da esperanza al mundo actual…” (Himno de la misa)

"Te tengo una mala noticia: Don Lucho falleció…”, fue una frase fulminante para mí.

En un momento, como en una película, pasaron por mi mente tantas largas y amenas conversaciones de jueves por la mañana y almuerzos de vez en cuando discurriendo sobre la fe, la política, la bioética, el cambio climático, sin faltar la vida y pensamiento de San Josemaría, el Chile de los tiempos de Allende, las tonadas de Violeta Parra y las notas de Las Cuatro Brujas y Los Huasos Quicheros.

Pero también, y lo digo con mucha pena y remordimiento, las veces que me escribió en los últimos meses invitándome a continuar con nuestras tertulias y mi falta de tiempo para tomarle la palabra, arrastrado por la vorágine de la vida diaria.

Para rematar, un amigo en común me reveló: “En Navidad se recordó de ti y pensó en llamarte o escribirte, pero ya no pudo...”.

Don Lucho se fue dejándome una última lección: debemos vivir intensamente cada momento que nos regala el Creador y dar todo el amor y el tiempo posibles a nuestras familias y amigos verdaderos, pues en esta existencia tan azarosa no sabemos cuándo nos separaremos irremediablemente.

Pasamos la vida pensando que todo será igual y conveniente para nosotros, que todo estará allí a nuestra voluntad y que no habrá más cambios que los que nosotros decidamos. Sin embargo, hay abismos que no se pueden cruzar, como el que está entre la vida y la muerte.

Una de las mayores y más sublimes enseñanzas de “El vendedor más grande del mundo”, el clásico de Og Mandino, dice: “Viviré este día como si fuera el último de mi vida... Hoy acariciaré a mis hijos mientras son niños aún; mañana se habrán ido, y yo también. Hoy abrazaré a mi mujer y la besaré dulcemente; mañana ya no estará ni yo tampoco; hoy le prestaré ayuda al amigo necesitado; mañana ya no clamará pidiendo ayuda, ni tampoco yo podré oír su clamor. Hoy me sacrificaré y me consagraré al trabajo; mañana no tendré nada que dar, y no habrá nada que recibir”.

El secreto de la vida está justamente en eso: aprovechar cada momento para ser feliz y compartir nuestro gozo con los demás, como si ya no tuviéramos que perder ni estuviéramos atados a nuestros egoísmos.

Don Luis Fernández Cuervo, nuestro querido Don Lucho, nos dejó muchas más lecciones: siendo de origen español y viviendo mucho tiempo en Chile, quiso vivir en este atribulado El Salvador por más de 25 años. El que vive y lucha por este país es un patriota, pero el que elige hacerlo sin haber nacido aquí es un santo.

Se dedicó a llevar una vida ordinaria, en comunidad con sus hermanos de la Prelatura del Opus Dei y compartiendo sus conocimientos con jóvenes en varias universidades y con la gente de este país a través de sus columnas en El Diario de Hoy sobre temas como la bioética, la defensa de la vida, la familia, el matrimonio, el cambio climático y muchos otros.

Finalmente, sin yo merecerlo, llegó a incluirme entre sus amigos y a compartir conmigo algo que le robosaba: fe y esperanza.

Realmente, Don Lucho dejó España, a su familia, su carrera, sus comodidades, para servir y dar testimonio en El Salvador. No tenía nada, pero lo tenía todo. Desprendido, como San Francisco de Asís, podía decir: “Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco...”.

Perdóneme, Don Lucho, por no haber compartido con usted estos últimos momentos, pero le agradezco por darme esta lección de lealtad hasta el final y recordarme que lo más valioso está en darnos tiempo para lo sencillo, para ser santos en la vida ordinaria. Como sé que me escuchará, siempre charlaremos, y, recordando a Machado, les diré a los demás que “mi soliloquio es plática con este buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía...”.

Un gran abrazo, mi afecto, mi admiración y mis respetos para usted hasta la eternidad...

*Editor Subjefe de El Diario de Hoy.