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¿El trono o María?

"¿Debo abdicar al trono por el amor a María Blessing?", se preguntaba un monarca en la comedia El Rey Enamorado, de los humoristas argentinos Les Luthiers. "El trono o María. María o el trono", dudaba el rey y concluía de manera genial diciendo: "Al fin y al cabo, al trono lo quiero para posarme sobre él, y satisfacer mis deseos, los más sublimes y los más perversos, en cambio a María la quiero para.... caramba ¡qué coincidencia!

En la columna anterior decía que la política y la moral, aunque lo deseable es que fueran de la mano, no ha sido esa la historia. El fragmento de la comedia con el que inicié esta columna, ilustra de manera humorística la famosa frase de Lord Acton que dice que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de manera absoluta".

Sé que la afirmación que la política y la moral pertenecen a ámbitos diferentes, es polémica e inaceptable para muchos. Pero tal afirmación no se basa en los anhelos, es decir en el deber ser, sino en lo que ha sido la Historia viva, salvo raras excepciones, que más bien confirman la regla.

¿Quiero decir con esto que todo político es corrupto y que no hay esperanza alguna para las sociedades en su afán de deshacerse de la lacra de la corrupción? Ni lo uno, ni lo otro. Lo que pasa es que está más que demostrado que a un político corrupto le vale un comino los llamados al buen comportamiento o las regañadas de un columnista o analista político.

Lo que sí le preocupa y no lo deja dormir, es el miedo que lo atrapen otros poderes y lo metan preso. Mientras el hecho de corrupción no trascienda los rumores y los artículos de periódicos, el corrupto sigue en la fiesta y a la gente no parece importarle mucho. En todos los grupos de enfoque a los que he asistido, no falta la frase aquella de "que todos los políticos roban, pero al menos fulano hizo algo".

Lamentablemente la mayoría de la gente no logra entender que cuando mayor es la corrupción en un gobierno son menores las oportunidades que tiene de acceder a una mejor calidad de vida en todos los aspectos: educación, salud, carreteras, seguridad. El dinero que serviría para mejorar la calidad de vida, se va a los bolsillos de los corruptos o mejor dicho a los bancos de los paraísos fiscales del mundo.

Los padres fundadores de los Estados Unidos compartían la afirmación de Lord Acton en cuanto a la naturaleza del poder. Por ello en vez de grandes y coloridas constituciones políticas, como las de nuestra América Latina, optaron por unas breves líneas que comienzan diciendo. "Nosotros, el pueblo", la cual permanece igual en su esencia desde 1787.

Pero junto a ese sencillo y hermoso documento construyeron un sólido y eficiente sistema de pesos y contrapesos de poder. Una institucionalidad fuerte. Ciertamente la democracia estadounidense no es perfecta, ninguna obra humana lo es. Pero en los países en donde la institucionalidad funciona de manera razonable hay menos corrupción.

Los políticos no le temen al papel, le temen a la cárcel. Y hasta después, cuando han sido vencidos en juicio, sufren por el escarnio público. Es importante que haya una vigilancia de la sociedad civil sobre el quehacer político, pero ésta sólo será efectiva si las instituciones son fuertes. Es decir cuando el poder es capaz de frenar al poder.

Con una institucionalidad débil, jueces corruptos e incapaces, diputados que venden sus votos, instituciones policiales infiltradas hasta la médula, tribunales electorales que violan sus propias leyes, tendremos siempre a los presidentes en el borde de la raya en el mejor de los casos y a los más, al otro lado del río sentados en el trono y con Maria Blessing, la amante de turno llena de joyas, ambas cosas para satisfacer sus deseos, "los más sublimes y los más perversos".

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com