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Troles ilustrados

Es tan importante no solo que haya libertad de expresión, sino además comprender adecuadamente de qué se está hablando cuando se defiende y se promueve desde una sana antropología y una sociología apegadas a la realidad

Por lo visto en estos días, parece que todavía hay quienes confunden libertad de expresión con libertad para expresar públicamente lo que a uno le dé la gana. Ya sean verdades, opiniones, calumnias, difamaciones, o simples insultos, como si dijeran: tengo derecho a decir lo que pienso, aun cuando lo que piense no se corresponda con la realidad y haga caso omiso del respeto a los demás. 

Defender una libertad de expresión mal entendida, y todavía peor, defenderla “porque sí”, sin aludir a la dignidad de las personas, ni al bien común ni al respeto a las leyes ni a la propia vergüenza, es volver a la selva, ignorar siglos de civilización y poner las cosas a nivel de pleito callejero. Si no de medición de fuerzas para ver como aplasto al contrario y me subo encima de él. Defenderla así, es cambiar el objetivo de la comunicación: sacar a relucir las cosas que son verdaderas; y convertir esa “libertad” de expresión en instrumento de astucia y –para que nos entendamos-, de “animalada”…

La libertad de expresión no incluye el “derecho” a insultar, por más que haya muchos cuya pobreza intelectual les dé escasamente para la ofensa cuando afrontan ideas, personas o hechos que simplemente, no les gustan. 

Estamos viendo cómo se enfrentan dos ideas acerca de la libertad de expresión: la de quienes piensan que este derecho humano forma parte de una concepción más profunda de la libertad y del bien común, y la de quienes la simplifican hasta identificarla con la mera complacencia que se experimenta al soltar un insulto en las redes sociales, pensando que le ha dicho al otro sus “verdades”. 

Si queremos ser prácticos, valdría la pena preguntarnos: ¿para qué sirve la libertad de expresión? Si fuera un bien en sí misma, algo deseable por sí, me apunto sin duda en el bando de los que la identifican con el insulto o la calumnia, y no solo por lo bien que uno se siente cuando denigra lo que no le gusta, sino porque sería la razón cabal para que dicha “libertad” fuera realmente ilimitada. Pero por ese camino, es imposible lograr un consenso que la defienda o promueva, porque, simplemente, el procedimiento de insultarse mutuamente termina por imposibilitar la convivencia pacífica. 

La libertad de expresión es un derecho, sí, pero no es un derecho absoluto, en primer lugar, y en segundo lugar, no es un derecho meramente individual, personal: es intrínseco a la vida en sociedad, está irremediablemente ligado a la existencia de los demás y a la convivencia de todos con todos. Sin libertad de expresión no es posible vivir en sociedad, y con una libertad de expresión mal conceptualizada, tampoco. 

Entonces, si la raíz más profunda de la libertad de expresión está en la libertad, en la dignidad personal, atentar contra el derecho de expresarse libremente, dentro de los límites que impone al ser humano su naturaleza social, es diluir no solo la libertad de expresión, sino también la persona. Por eso es tan importante no solo que haya libertad de expresión, sino además comprender adecuadamente de qué se está hablando cuando se defiende y se promueve desde una sana antropología y una sociología apegadas a la realidad. 

Tanto al suprimir la libertad de expresión, como al considerarla ilimitada, se vulnera directamente a la persona. Pero esto no lo pueden comprender ni los ávidos de poder ilimitado, ni aquellos que piensan que la sociedad está por encima de los individuos. De aquí que sea tan importante encontrar un punto equilibrado, justo, a la hora de regular legal y socialmente la libertad de expresión.


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare