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Y Trinche exclamó:¡Agarra color el bote!

 A finales de los años Cuarenta, la vida en San Salvador transcurría entre los extremos de golpes de Estado o “revoluciones”, como los llamaban entonces, y en apacibles atmósferas de lo doméstico y la escena citadina

Era un hombre de disonante discurso y desarticulado gesto. Iba siempre inmerso en íntimos mundos de población y topografía que sólo a él privilegiaban con sus voces y paisajes. Era un pobre enajenado de brazos tullidos, con sólo tres dedos en cada mano por lo que le apodaban Trinche. Deambulaba por las calles de San Salvador, espantando horribles cosas imaginarias que gravitaban a su alrededor.

“¡Sché...sché! ¡Jos-de-put...! ¡Sché...!” Y agitaba con desesperación los brazos, angulados en los codos, tiesos, como tenazas de cangrejo, por encima de su cabeza desgreñada.

“¡Trinche!”, le gritaban los niños y él trocaba el tormento de sus enjambres invisibles por el más cruel de las parvadas de pequeños demonios vivos de la ciudad a quienes arrojaba piedras y maldiciones.

Esto ocurría cuando en la quebrada del Tutunichapa aún se podían pescar pececitos plateados, chimbolos, que las yuqueras del Mercadito, ahora San Miguelito, convertían en pepescas, para con ellas salpicar la yuca blanca, reventona, servida con encurtido chiloso, en verdes y brillantes hojas de huerta.

Yo era un niño entonces pero nunca grité su apodo a aquel loco ni a ningún otro de los parias que circulaban por las calles de las ciudad, tampoco me repugnaba su presencia. A menudo se asomaba al zaguán de mi casa a pedir agua, como lo hacían también muchos de los mendicantes a quienes se les servía en un cumbo de latón, limpio, donde alguna vez fueron envasados melocotones en almíbar. Yo le simpatizaba a Trinche y, en cierta medida, el sentimiento era mutuo. Solíamos sentarnos en la acera frente a mi casa a hablar cándidamente sobre el porqué los caballos no se suben a los árboles y cosas así, que sólo interesan a los niños y a los locos o mirabamos pasar los ruidosos buses “Ansart” y las soberbias limusinas Packard y Nash, sobre la Segunda Avenida Norte, entonces calle de Mejicanos, con tráfico en doble sentido. Experimenté una perfecta empatía con este tipo de personalidad dionisíaca que, desde aquellas fechas, me ha sido muy útil para sobrevivir socialmente en este país.

Un día, Trinche trajo un pequeño frasco de vidrio transparente, se inclinó sobre un arroyo de agua sucia, con aceite diesel, que corría a lo largo de la cuneta, lo llenó con la turbia sustancia, lo alzó a la altura de sus ojos y con tono de auténtico asombro exclamó: “¡Mirá, vos! ¡Agarra color el bote!”, y se puso a reír con risa gargajosa, con su boca babosa, de encías desnudas color rosa. Pronto, el asombro dio paso al orgullo, a la vanidad del descubridor, porque, como quiera que fuera, hube de admitir entonces -y aún ahora-, la simple lógica de que el frasco había adquirido el color del oscuro líquido. “Tenés razón”, le contesté sin el menor ánimo de burla, “...agarra color el bote”.

Trinche durmió esa noche bajo El Portal La Dalia, con placidez de niño cansado de jugar todo el día. A la mañana siguiente me contó que había visto una nube maloliente abatirse sobre la ciudad y que, a medida que se extendía por todos lados, enloquecía a las personas. Dijo también que en medio de aquella niebla, niños silenciosos olían frascos con betún. Juraba que esos niños flotaban en el aire.

Ahora que me vienen a mientes estos recuerdos comprendo que Trinche, sin sospecharlo, anunciaba en aquel momento la agonía de las aguas limpias y también la pérdida de nuestra inocencia.
 

* Periodista.
rolmonte@yahoo.com