Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

La tortuga tricolor y la liebre colorada

En serio y en broma La liebre y la tortuga también aprendieron otra lección: Cuando dejamos de competir contra un rival y comenzamos a competir contra una situación, complementamos capacidades, compensamos defectos, potenciamos nuestras fortalezas y

Boca abierta, culío y con problemas estomacales quedó la liebre colorada al comprobar que se había equivocado, al subestimar el apoyo de la afición a la tortuga tricolor.

"Eh, eh, eh… ¿Cómo es posible que en tan sólo 5 semanas, y sin el poder de la chequera de mi maduro padrino, la tortuga se ponga tan gallito?", gritó moviendo los brazos, tal si fuese títere.

"Al carajo con el fair play" agregó, y de inmediato implementó la Operación chanchullo, de experiencia comprobada en países dominados por liebres coloradas: Tráfico de influencias para comprar al árbitro; freno a la emisión de credenciales a los fans de la tortuga; libertad a los presos para que le hicieran barra; explotar la labia de su fan principal, para desprestigiar al oponente; pistío a los malacates para que intimidaran a los tortugologos. Todo esto y más, ante los brazos cruzados de la fiscalía y los ojos miopes de los observadores.

La noche antes de la carrera nadie pegó el ojo. Cuatro horas antes del disparo de salida, la afición, de ambos bandos, abarrotó los más de diez mil puntos a lo largo y ancho del país. Sin duda, una final no apta para cardíacos.

A pesar de los nervios, las calles se llenaron de color y folclor. Banderas, camisetas, cachuchas e himnos; viejitos en silla de rueda, niños en coche y chuchos disfrazados; carne de chucho, yuca frita, mango twist, atol de elote y otras delicias; minuta, horchata y fresco de chan pa la calor.

Desde la pista, la liebre sentía que le daba soponcio, sobre todo cuando la afición contraria entonaba a todo pulmón, "Tortuga, republicana, nacionalista de El Salvador".

A diferencia de la carrera del 2 de febrero, la liebre se sentía vieja, sin vapor, sin ánimos de burlarse de la tortuga, y triste porque su padrino venezolano la está viendo de a palitos. "Uyyy… Si a él le da catarro, a mí me da neumonía", pensaba angustiada.

Transcurridas casi diez horas de una competencia de tú a tú, vivimos un histórico sprint final. La liebre arrastraba sus patas, ya no daba más. Su rival, animada con los cánticos "Tortuga sí, liebre no", se le puso a la par. Ambas cruzan la ansiada meta en unísono, y cae la bandera de cuadros en sus narices. ¡Literalmente un empate técnico sin precedentes!

Tanto la tortuga como la liebre se declararon ganadoras pero, como era de esperarse, el árbitro Chicas comunicó a la nación: "Soy el hombre más feliz del mundo porque la liebre le ganó a la tortuga y punto".

La afición tricolor ventiló su frustración, con energía y cacerolas, en sendas marchas pacíficas. La afición colorada se mantuvo al margen hasta que el gran Chicas ratificó la victoria. A pesar de que la miel del poder aún no era oficial, cerraron calles y montaron tremendo carnaval, más alegre que el anterior porque ya no había ley seca.

Pero la historia no termina aquí. El tiempo pasó, y tanto compartieron la liebre y la tortuga, que aprendieron a convivir.

Reconocieron que eran buenas competidoras y que nadie puede negar que mitad de la afición apoya a una y mitad a la otra.

Acordaron cambiar sus colores, por el azul y blanco, para que sus fans guardaran la caja de lustre.

Realizaron que si no le sacan el jugo a sus habilidades individuales, continuarían estancadas.

Les cayó la peseta de que si no trabajaban en equipo, jamás mejorarán.

La liebre y la tortuga también aprendieron otra lección: Cuando dejamos de competir contra un rival y comenzamos a competir contra una situación, complementamos capacidades, compensamos defectos, potenciamos nuestras fortalezas y por lo tanto, obtenemos mejores resultados.

Por el amor de El Salvador, que el trabajo sea el nuevo faro que nos ilumine, y logremos dejar el odio y el rencor en la oscuridad del pasado.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

calinalfaro@gmail.com