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La torre pierde belleza

Estuve hace días visitando la torre de San Vicente, subí hasta el quinto piso y es muy bonito contemplar los alrededores de la ciudad, desde el imponente volcán Chichontepec, hasta el de Usulután y San Miguel, que se pueden apreciar en los días claros y los dos cerros, Ramírez y Teconal, uno a cada lado de la ciudad. También es impresionante escuchar y sentir las vibraciones de las campanadas cada cuarto de hora, y después de las horas, una preciosa melodía, como "Las mañanitas" al son de campanas.

Hasta los 18 años mi vida sucedió a menos de 200 metros de la torre, y recuerdo que desde pequeño, cuando alguien quería saber "qué hora es", yo buscaba un hueco entre los árboles o salía a la puerta de la calle y veía las grandes carátulas de cuatro metros de diámetro y respondía la hora exacta del momento que vivíamos.

Después me involucré en la reconstrucción, cuando estuvo al borde de caerse. La reconstruimos con fondos del gobierno, mediante un convenio entre Concultura y la Fundación San Vicente. Y el día de la reapertura fue muy importante para los que habíamos dedicado muchas horas de trabajo y viajes a San Vicente, sin recibir más que la gran satisfacción de que en San Vicente tuviéramos nuevamente la torre erguida, con su estilo única en el mundo.

Siendo esta mi relación y cariño con este monumento, cada vez que subo me enojo al encontrar tantas pintadas de los visitantes, que como dice el refrán, "manchando pared y mesa demostraron su bajeza".

Aquí estuvo Carlos con Julia, dice un letrero. Y yo me pregunto; ¿A quién le importa que ahí estuvieron esas dos personas más que a ellos mismos? O bien una retahíla de nombres de unos excursionistas que visitaron la torre. Es una lástima que lo único que hay que enseñar en San Vicente, en lugar de mostrarlo con orgullo, lo mostramos con vergüenza.

La hemos repintado varias veces, me responde el presidente de la Fundación, pero la mala educación de la propia gente de San Vicente, sumada a los de afuera que no les enseñaron o no aprendieron a respetar las paredes ajenas, es que la torre, que podría estar muy limpia, da vergüenza.

Lo propio se cuida más que lo ajeno. Es cierto y de eso se trata. Los monumentos no son ajenos, son de todos y entre todos debemos cuidarlos y mantenerlos limpios.

Otra vez. ¡Quien mancha pared y mesa, demuestra su bajeza! Eduquémonos en mantener limpios los monumentos, que son nuestros.

Pase un buen domingo.

*Ingeniero.

Columnista de El Diario de Hoy.

www.pedroroque.net