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Un toque especial

Pasado ya el primer trimestre del año, con toda la tensión electoral que hizo fluir a borbotones la adrenalina y puso a prueba nuestra resistencia, entramos ahora en un período diferente, que sin dejar de tener su dosis de expectativas e inquietudes, permitirá un poco de paz. La Semana Santa está a las puertas, y qué oportuno que haya quedado en estas fechas, justo cuando más necesitamos de la tranquilidad que nos trae. Porque, además de su significado religioso, los salvadoreños identificamos la Semana Santa con sosiego, descanso y calma. También la asociamos con mar, familia y compartimiento. Operamos una especie de switch mental, que nos traslada de la vida cotidiana con su vértigo y estrés a un estado mental de regocijo aletargado, tan beneficioso para nuestra salud mental y espiritual.

La Semana Santa en El Salvador es especial. No es solamente un intervalo de descanso y meditación. Hay algo en el ambiente que la hace peculiar, que nos transforma. La sensación de quietud, la placidez del aire, el monótono y melancólico canto de las chicharras, todo contribuye a este espíritu único que sólo este tiempo tiene.

Esta época también posee el encanto de trasladarnos a tiempos pasados, a nuestra niñez. En lo particular me recuerdan aquellas temporadas con mis padres y mis hermanos en la playa, en las incontables horas metidos en el agua; en los Jueves o Viernes Santos en Sonsonate, con su formalidad ineludible, o en las idas al cine para ver las películas de rigor: Demetrio el Gladiador, El Manto Sagrado, Los Diez Mandamientos. Cómo olvidar la expresión de compunción en la cara de Víctor Mature o la escena en que Charlton Heston en el papel de Moisés pone la punta de su cayado en las aguas del Nilo y las convierte en sangre. Salíamos del cine con la conciencia renovada y con el propósito sincero de enmendar nuestras faltas, pequeñas e inocuas en aquellos tiempos.

Si un salvadoreño, privado de su conciencia por años, la recobrara de pronto en esta época, reconocería de inmediato que está en Semana Santa. No tendría necesidad de que se lo dijeran, ni tener ante sí cosas concretas que se lo indicaran. Le bastaría usar sus sentidos y percibir el ambiente. La atmósfera y los sonidos tan firmemente gravados en la memoria le darían indicios inequívocos. Por ello es que hay una Semana Santa de El Salvador, tan nuestra y tan querida.

Sin dejar de tener en cuenta los preceptos religiosos, que antes que nada son la esencia de la Semana Santa, tratemos de descansar y disfrutar este oasis de paz. Tumbémonos en la arena para ver la luna, caminemos en la playa, aventurémonos en las montañas, contemplemos los amaneceres o las puestas de sol. Que también estos momentos son necesarios para la vida, pues nos hace percibir más intensamente la Creación y sentirnos bendecidos por ella.

Vivamos a plenitud estos momentos y tratemos de desconectarnos de las preocupaciones. Ya vendrá el tiempo en que volvamos a tener conciencia de ellas. Y no hagamos lo que algunos, que su actitud les hace ver la parte vacía del vaso, y en lugar de disfrutar del momento se ponen a contar los días que faltan para regresar a la rutina. No es esa la manera.

Sea como pasemos la Semana Santa, tengamos una actitud agradecida por lo que significa y por lo que nos da. Sentir regocijo es una forma de agradecer.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.