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La tolerancia intolerante

Cuando veo que alguien enarbola la bandera de la tolerancia, la hace ondear sobre nuestras cabezas y después se confiesa decidido apóstol para instaurar la religión de la tolerancia a nivel universal… entonces hay que echarse a temblar. La experiencia de años me dice que estoy ante el peor de los intolerantes.

Ya he señalado en artículos anteriores que de la tolerancia hipócrita de los enciclopedistas del Siglo XVIII nació la Revolución Francesa, campeona de la intolerancia llevada hasta el crimen de los guillotinados por miles y del genocidio de La Vendée. Después, de su amor libre, nacieron otras peores intolerancias: las revoluciones rusa, mexicana, cubana, china, vietnamita, coreana, etc. multiplicando los genocidios por millones de asesinados. Todas ellas tienen una misma finalidad no declarada abiertamente: exterminar el cristianismo.

Ahora hay tolerantes que consideran el asesinato de los periodistas de ese semanario francés intolerante como el peor de los crímenes actuales. Y escriben así: "la indignación despertada por este crimen inaudito (sic!) ha sido como una gran ola que ha estallado por todas partes, muy saludable en un mundo donde todos los días vemos amenazada la libertad de palabra por la pesada mano del poder…" De nuevo veo aquí tolerantes tuertos que solo ven y se indignan de algunos crímenes con su ojo izquierdo pero que nada ven ni protestan de los atentados que se hacen crecientemente contra otras libertades de opinión y especialmente contra la libertad cristiana.

Sí, el crimen contra los autores del Charlie Hebdo es indignante. También los crímenes del Estado Islámico y los que se ejecutan por fanáticos religiosos en la India, Pakistán, Irak, Siria, Nigeria y otros países africanos. Contra esa intolerancia es fácil encontrar un repudio mundial mayoritario, porque es una intolerancia abiertamente criminal. Pero pocos se indignan, protestan y resisten contra la dictadura ideológica que va imponiendo, por su fuerza política y económica, la cultura de la muerte. Este tipo de intolerancia sólo mata físicamente a los seres humanos en estado embrionario, con un genocidio del que su cifra en millones supera todos los otros genocidios de la historia. A los humanos adultos sólo los va matando espiritualmente; los hace enemigos de la verdad, del bien moral, de la libertad creadora y de la paz social, es decir: de lo mejor que tenemos los seres humanos, de eso que nos diferencia abismalmente del resto de los seres vivos.

Este tipo de intolerancia ya ha conseguido, contra toda evidencia científica, que a los abortivos hormonales se les llame anticonceptivos; que el aborto no sea un crimen sino un derecho propio de la libertad femenina; que la homosexualidad se presente como una normalidad de conducta y un bien social, a pesar de las evidencias biológicas y sociológicas de que eso es mentira. Predican que frenar el crecimiento de la población ayuda al crecimiento económico, otra falsedad ya demostrada por Julian Simon en el siglo pasado, pues a mayor población mayor desarrollo económico y que Gary Stanley Becker, premio Nobel de Economía, lo concreta más diciendo que las familias normales, las constituidas por un matrimonio que procrea, cría y educa varios hijos, son el fundamento de la economía, atreviéndose a añadir que "sólo con familias numerosas se puede resolver el problema de la pobreza en el mundo."

Sufrimos esa dictadura ideológica sin que encuentre grandes resistencias porque el mayor mal de nuestro mundo es precisamente el olvido o el odio a la verdad. Bien dijo George Orwell que "mientras más se aleja una sociedad de la verdad más odiará a aquellos que la proclaman". Se ama y se defiende la libertad pero mal entendida, ignorando que sus raíces son religiosas y que su fecundidad creadora está estrechamente ligada a la verdad moral. De estas tolerancias que difunden libertades sin límites morales, aunque pretendan ignorarlo, ha salido todo la enorme neurosis e infelicidad de nuestro mundo desarrollado, fracaso adornado con alcoholismo, drogadicción, sexualidad degradante, desesperación y suicidios.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com