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Si todo se puede comprar

Si todo está a la venta, si la oferta y la demanda son las que determinan el rumbo, si el mercado es el que hace posible la vida en sociedad (y no al revés), entonces, con esa lógica mercantilista, lo importante viene a ser el precio. El valor de las personas, y el de las cosas, se difumina.

La lógica implacable del mercado es independiente de cualquier regulación: ni la ética, ni la dignidad humana, ni el valor del trabajo, ni la reputación, ni el derecho, tienen que ver con ella. En el juego de los millones todo está permitido, y su estatus moral coincide con el de la física o de la química: neutro. Como en esas ciencias, también en la economía, quien domina las leyes del funcionamiento del mercado, termina por dominarlo todo.

Entonces, en política, por ejemplo, el derecho, la institucionalidad, el compromiso con la sociedad… humo. Obstáculos que un sagaz manipulador puede saltarse. Palabras bonitas que un cínico arrogante pone eficazmente a su servicio. ¿Demagogia o populismo? Da lo mismo.

Nos hemos ido acostumbrando a un modo de hacer las cosas en el que el altruismo y la solidaridad se reservan para la familia y, tal vez, para los amigos cercanos. Más allá de ese círculo: todo es competencia feroz. Los valores como la patria, la solidaridad, la legalidad, la ética; se convierten en piezas del devorador ajedrez económico, que simplemente esperan por el jugador más habilidoso para ponerse a su servicio.

Esta descarnada visión economicista desplaza el fin de la sociedad y del Estado, pues donde debería estar un conjunto de oportunidades, se instala el clientelismo y el poder de los metales (o plata o plomo…): violencia en definitiva.

Es verdad, el mercado tiene en sí mismo una justificación moral, pues es una manera eficiente de hacerse con y distribuir los bienes, de poder ejercer no sólo la libertad económica sino todas las libertades en general, de permitir que cada quien se desarrolle personalmente de acuerdo a su esfuerzo y a su inteligencia. Pero… el problema de la lógica mercantilista no es su uso, sino el abuso.

Cuando el mercado, la política (casos estamos viendo), o la información se ponen al servicio de intereses personales y no al servicio de la comunidad, todo se desfigura. Si se pone el capital por encima de la persona, el poder por encima de los ciudadanos, la influencia como meta del informador y no el servicio a la verdad… Entramos en la ley de la selva. Que no tendría nada de malo si fuéramos simples bestias. Pero no lo somos.

Algo de eso le pasó a los cabecillas de las maras. Les costó demasiada sangre y dolor comprender que la familia y la propia dignidad están por encima del control de un territorio, del prestigio personal, de la venganza, de los muchos o pocos billetes que los negocios sucios producen en el mercado callejero. Y pararon. Dejaron de matarse porque sopesaron unos valores distintos que los que destilan ego, de los que se utilizan para manipular a los demás, o de los que tintinean cuando entran en contacto entre sí.

Tenemos que reflexionar. Hasta ahora todas las ofertas políticas que se nos presentan parecen fundamentarse en esa lógica del "todo se puede comprar". No importa si con petro dólares, con dinero bien habido, o sospechosamente amasado. No importa si todo se sirve con una retórica populista o nacionalista, conciliadora o de odio profundo. En el fondo, iguales: gobernar parece haberse convertido sólo en un pingüe negocio, por el que cualquier inversión termina por valer la pena.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org