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Tiempos modernos

La conversación fluía normalmente. Aunque el tema no era lo que se pudiera decir relevante, ambos disfrutábamos de la plática, tal vez conscientes de lo bueno que es no hablar siempre de cosas serias, relajarse, y darle un poco de espacio a la intrascendencia. De repente la expresión de mi interlocutor cambió, se puso tensa, y su mente se fue a otra dimensión. Era obvio que un pensamiento súbito, algo negativo evidentemente, le había quitado la tranquilidad. Le pregunté qué le pasaba, pero solo fingió una sonrisa y dijo que no era nada. Seguimos platicando pero ya no era el mismo, estaba pero no estaba. Le volví a preguntar y me dijo: "Es que me acabo de dar cuenta que dejé el teléfono celular en mi casa". Indagué si estaba esperando alguna llamada importante. Me dijo que no pero que de todos modos se sentía incómodo sin su teléfono. No seguí preguntando porque la charla había terminado; mi amigo ya se dirigía a su carro para ir a casa y recuperar el celular.

Qué tiempos aquellos cuando no nos preocupábamos por no estar "conectados", cuando teníamos la paciencia de esperar que las noticias llegaran en su momento o que algún recado aguardase su turno, cuando podíamos estar realmente aislados. Ahora es diferente, queremos enterarnos de todo al instante y esperar nos provoca angustia. Es la era 24/7, en la que no estar disponibles, aunque sea temporalmente, es casi inconcebible.

Y claro, eso tiene sus costos. Aunque estar siempre al alcance tiene indudablemente beneficios, acarrea también su dosis de estrés. Nos mantiene constantemente a la expectativa. Cualquier llamada se contesta pues no hacerlo genera tensión. "Puede ser algo importante, una emergencia", pensamos. No nos relajamos hasta saber quién era o para qué era la llamada. Y con frecuencia, ya con la presión arterial con varios milímetros de mercurio arriba, nos enteramos que la emergencia era que no nos olvidáramos de la comida del perro, un recordatorio además innecesario, pues preferimos dejar de comer nosotros y no dejar hambreando al habitante canino de la casa. La mayoría de las llamadas que recibimos resultan en cosas que pudieron esperar.

Existe ya un término para referirse a ese temor incontrolable de no tener el teléfono celular a la mano, de encontrarse desconectado. Se llama Nomofobia, abreviación de no-mobile-phone phobia. La condición se ha elevado a la categoría de fobia ya que provoca considerable estrés. De acuerdo a un estudio hecho hace pocos años casi el 60 % de los hombres y el 50 % de las mujeres usuarios de teléfonos móviles lo padece. La ansiedad que produce no es de menospreciar, se compara a la que se tiene un día antes de la boda.

La pregunta que necesariamente surge es si estamos utilizando estos aparatos para hacer nuestra vida más fácil o si nos hemos convertido en esclavos de la tecnología. Además de los teléfonos se puede desarrollar una dependencia excesiva a los otros recursos que la tecnología hoy permite.

El Papa Francisco lo dijo recientemente: "El estar enganchados demasiado a un ordenador es una enfermedad psicológica". Nos segrega de la vida social y familiar así como de otras actividades necesarias para el desarrollo normal.

Hay que dar a cada cosa su uso debido. No podemos ignorar todo lo positivo que las nuevas tecnologías tienen, pero tampoco podemos dejar que terminen tomando el control sobre nuestras vidas.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.