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Tiempo de sembrar dátiles

Se ha vuelto un tópico decir que la solución a todos los problemas sociales, políticos y económicos en nuestro país es la educación. El eslogan "educación es la solución" tiene tanta fuerza que suele servirnos para terminar esas largas conversaciones en la que uno intenta "componer el mundo". Sin embargo, cuando se reflexiona sobre este tema, se suele terminar como aquellos ratones que parieron la genial idea de ponerle un cascabel al gato que los estaba diezmando, pero que nunca encontraron ni el cascabel, ni al valiente que se atreviera a ponérselo.

La experiencia de otros países nos enseña fundamentalmente dos cosas: primero que es posible transformar a las personas a través de la educación y lograr niveles de desarrollo humano altos, y segundo --y con frecuencia olvidado--, que la educación toma tiempo. Japón, Corea y Chile, por poner ejemplos, nos enseñan que hacen falta al menos dos generaciones para ver los frutos concretos de la apuesta de un país por la educación.

Desde que el emperador japonés mandó, a mediados del Siglo XIX, a jóvenes selectos a estudiar a Estados Unidos y Alemania, hasta que esa nación se convirtió en una referencia mundial hubo de esperar al menos cuarenta años. Los "Chicago boys" chilenos tardaron lo suyo, pero Chile, es muy distinto a como era antes de Allende.

¿Quién tomaba en cuenta a Corea del Sur en los años setenta del siglo pasado? ¿Qué papel juega ahora esa nación en la economía mundial? En el caso de las dos Coreas la diferencia es abismal. Ambas partieron desde el mismo punto post guerra, pero en el empeño de los sur coreanos por educar a sus jóvenes, simultáneamente con la defensa de un sistema de gobierno basado en las libertades, estuvo la clave de la transformación de su país.

No se tomaron a la ligera la transformación a través de la educación, y fueron capaces de tomarse su tiempo. Supieron mirar a largo plazo y ejecutar sus planes.

En estos días en que el gobierno electo está conformando su gabinete, y suponiendo que la educación será uno de sus puntos fuertes, es muy importante que se supere lo que vamos a llamar "el mal del siglo": la prisa por obtener resultados y el culto a la eficacia.

Es necesario evitar un planteamiento de cortísimo plazo --que no va más allá de los cinco años que tocan a cada gobierno--, y al mismo tiempo darnos cuenta de que la economía no es el único factor que garantiza nuestro futuro; pues precisamente por esto último, muchas de las soluciones que se han planteado hasta ahora parecen ser sólo de carácter técnico-económico.

En su momento, cuando el presidente electo era Ministro de Educación, se habló de virar de rumbo en la educación en el país, de hacerla menos técnica y más humanística. Todo quedó en los papeles. Ahora no interesa tanto discutir acerca del tipo de educación que necesitamos para transformarnos, sino hacer énfasis en que es necesario evitar la trampa del inmediatismo. El éxito está en actuar pensando en el largo plazo y tener en mente, a modo de metáfora, un dicho árabe al que hace referencia el título de esta nota y que reza que "quien siembra dátiles, no cosecha dátiles".

Quien pone las bases para la transformación de un país no termina por verla, o quizá sí, pues la tecnología acorta los tiempos. En todo caso, estamos en una buena coyuntura para plantearnos una educación cuyos frutos ni usted ni yo vamos a ver, pero que si se hacen las cosas bien, volverá irreconocible a El Salvador en un par de generaciones.