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El tiempo de las iglesias

Las pandillas saben que no están preparadas para un enfrentamiento abierto contra las fuerzas del orden público. Sus principales necesidades son de armamento, entrenamiento y nuevos miembros

El ingreso a una pandilla fue durante años un proceso meritorio en el que el aspirante debía ir cumpliendo con pruebas de lealtad. Todo comenzaba con un primer contacto.  Éste no era difícil de conseguir pues las pandillas conviven en las comunidades y son parte de ellas. Todos sus pobladores, directa o indirectamente, tienen mayor o menor contacto con los miembros de pandillas.  A ello seguía la simpatía. Siempre era una iniciativa del aspirante. Pero, el ingreso a una pandilla no podía darse por una simple simpatía. El postulante debía mostrar algún signo de compromiso y eso le llevaba a la fase que fue conocida como “chequeo”. Ésta consistía en realizar labores de información, vigilancia, favores y otros que permitían al aspirante ir acumulando méritos. Finalmente llegaba “el brinco”.  Éste era el ingreso oficial a la pandilla que suponía un rito donde el postulante debía pagar un precio. Por años se trató de una golpiza grupal durante varios segundos. En caso de ser una joven el precio de la lealtad podía ser diferente. Pero, de cualquier manera, siempre era un costo que el aspirante debía pagar.

Ese fue el código durante años. No obstante, con la actual ola de fuerza bruta en la guerra entre Estado y pandillas, las normas han cambiado. Las pandillas saben que no están preparadas para un enfrentamiento abierto contra las fuerzas del orden público. Sus principales necesidades son de armamento, entrenamiento y nuevos miembros. De ser una aspiración individual, el ingreso a la pandilla se ha convertido ahora en un reclutamiento que a veces es deseado y a veces no. Se trata de un reclutamiento universal y obligatorio. La única excepción que va quedando es la de aquellos niños y jóvenes que llevan una vida activa en una iglesia. A quienes viven de manera auténtica y dedicada la fe cristiana, las pandillas les respetan y no les molestan. En su cosmovisión, existe un respeto y una distancia con respecto a Dios, las iglesias y las personas que allí asisten. Cuando saben que un joven es un cristiano devoto, no le molestan y tampoco intentan reclutarlo.

Hoy, más que nunca, es cuando la historia ha llevado a las iglesias a un lugar que no buscaron; pero que su propia naturaleza y misión les han llevado a asumir. Por más de cien años las iglesias evangélicas se han dedicado a la atención y formación de los niños. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas iglesias hay en El Salvador. Pero, a juzgar por los datos de las denominaciones mayores, un dato conservador rondaría las 4,000. Cada una de esas iglesias tiene un trabajo semanal de formación para docenas de niños. Juntas totalizan una cantidad nada despreciable de menores. Dadas las actuales condiciones, es el tiempo de las iglesias para ser más intencionales en su alcance de niños y jóvenes para salvarles, literalmente, de la muerte.

Paradójicamente, la mayor dificultad para alcanzar esa meta es la inconciencia de las mismas iglesias en reconocer el rol que las condiciones les han asignado. Hace falta una sensibilización que debe comenzar por los ministros de culto y que luego se debe contagiar a ese poderoso voluntariado que son los cristianos sinceros. La meta debería ser relacionar al doble de niños con un compromiso serio de fe. Haciendo eso, las iglesias darán un aporte inestimable que nadie más puede dar, en esa dimensión, en esta hora oscura.

*Colaborador de El Diario de Hoy.