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Un testimonio

No pude ir a la marcha del sábado pasado. Me habría gustado. Por las noticias (más bien escasas que publicaron los medios de comunicación) supe que había estado bien. Ni tan concurrida ni tan desolada. Hubo gente que dio su testimonio, intentos de entrar en polémica, alegría y, sobre todo, hubo muchas familias. Eso sí fue importante.

Estaba pensando en ello --considerando que la lucha por dar a la familia el lugar que merece no es nunca ni innecesaria ni inoportuna-- cuando, al buscar noticias acerca de las recientes propuestas para la modificación de la ley que penaliza el aborto en España, me encontré con el testimonio de un viejo cura. Lo de viejo no lo digo yo, sino él mismo, y no lo hace por estrategia, sino porque es verdad. Habla alguien que lleva años intentando acercar a Dios a sus hermanos, curando heridas y tratando de hacer mejor este mundo que nos ha tocado.

Trata sobre el aborto desde un punto de vista insólito, y me ha parecido oportuno compartir su testimonio en el marco de los ecos de la manifestación. Dice:

"A lo largo de mis años de sacerdote he recibido a bastantes mujeres que han recurrido al aborto, y siempre las he comprendido, las he consolado y he tratado de curar sus heridas --tremendas-- después concederles el perdón en nombre de Jesucristo. Nunca las he visto como criminales, sino como víctimas.

"También he tenido ocasión de escuchar a algunos médicos que han realizado abortos. Y también los entiendo, claro que sí: es duro ir contracorriente, exponerse a perder el trabajo o ser tildado de "fascista" (terrible palabra-tabú, principalmente en una España que identifica ser moderno con ser socialista) por no querer quitar la vida a un ser inocente. Pero ni uno solo ha tenido la desfachatez de decirme a la cara que aquello no era un homicidio.

"Otras veces he hablado con gente joven, con alumnos de bachillerato, por ejemplo. Y les he visto defender la licitud del aborto. También los entiendo; a mi edad se entiende casi todo. Son chicos y chicas víctimas de una cultura banal, de titulares de prensa, de eslóganes sencillitos y de telefilms baratos. En estos casos es fácil sacarles de su error; basta con explicarles la verdad con palabras y con imágenes.

"Mi problema, es que no soy capaz de entender a los intelectuales, políticos o ideólogos que, desde sus asépticos despachos bien ventilados, defienden el "derecho" a matar, y a vivir a costa del asesinato en serie. No comprendo a las feministas radicales que hacen del aborto un asunto "sagrado". No me cabe en la cabeza que hablen de progresismo y de liberación de la mujer para justificar el genocidio más grande que se ha producido en la historia de nuestra civilización.

"De verdad, no lo entiendo. Y estoy persuadido de que ellos tampoco lo entienden. Si estuviesen convencidos de lo que dicen no se llenarían de argumentos inconsistentes, ni se conformarían con intentar movernos a la compasión por las "pobres mujeres" a las que no dejan abortar. Irían al fondo del asunto y proclamarían a los cuatro vientos que, en su opinión, el aborto no es dar la muerte de un ser humano vivo.

"Pero no hay un solo ideólogo abortista que lo diga. En serio, ¡me gustaría tanto entenderlos!"

Y por el contrario, hay instituciones y familias que sacan adelante a niños al principio no queridos. Que luchan por ellos, que sufren por ellos, que les dedican tiempo y corazón. A esos sí que es fácil entenderlos, al menos cuando se tiene un poquito de sentido común y buena voluntad.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org