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El tesoro y el corazón

"Todas las personas de todos los tiempos y de cualquier edad buscan la felicidad. Dios ha puesto en el corazón del hombre y de la mujer un profundo anhelo de felicidad, de plenitud", dice el papa Francisco a los jóvenes en el mensaje para la XXX Jornada Mundial de la Juventud que fue leído el pasado domingo en la Plaza de San Pedro, ante una multitud que le escuchaba con atención, y que en estos días de reflexión parece valioso e interesante considerar.

En dicho contexto, se pregunta --y nos pregunta-- el Papa "¿en qué consiste la felicidad que sale de un corazón puro? (…) ¿Dónde está tu tesoro? ¿En qué descansa tu corazón?" Porque, siguiendo el Evangelio, nos recuerda que lo que contamina el corazón de los hombres no es lo que entra, sino lo que sale de él. No es ni la comida ni la bebida, sino las relaciones que cada uno establece con las cosas creadas, con sus semejantes, y más que todo ello, el tipo de las relaciones que cada uno tiene con Dios, lo que purifica o contamina el corazón humano.

La felicidad pasa, entonces, por las relaciones. Pero ésta no sucede cuando las interacciones con los demás están marcadas por su instrumentalización, cuando nos acercamos a los otros con fines egoístas, e incluso viendo en ellos meros objetos de placer. Entonces, cuando se actúa así, el corazón queda herido y triste, pues buscando satisfacer ideales nobles, termina por encharcarse en lodazales viles, y a la tristeza del desengaño se suma la amargura de la frustración.

Por eso exhorta el Papa a los jóvenes: "Se los ruego: no tengan miedo del amor verdadero"; al mismo tiempo que los invita a "descubrir la belleza de la vocación humana al amor" y a rebelarse contra la tan extendida tendencia a banalizar, a vulgarizar, el amor; sobre todo cuando se reduce únicamente al aspecto sexual, empobreciéndolo de su belleza, comunión, fidelidad y responsabilidad.

Cuánta razón tiene cuando nos hace pensar cómo "en la cultura de lo provisional, de lo relativo, muchos predican que lo importante es disfrutar el momento, que no vale la pena comprometerse para toda la vida, hacer opciones definitivas, para siempre", porque uno no sabe qué va a pasar mañana, porque no está dispuesto a perder su libertad, su mal entendida libertad, o porque ha perdido el sentido de la temporalidad y para él, o ella, solo es valioso lo que tiene enfrente.

Al final, esa machacona prédica, termina por convencer a no pocos de que la única felicidad posible es la del animal sano, aquella de la barriga llena y el corazón contento. Pero el cristianismo propone más, y cuando uno profundiza, descubre que el seguimiento de Jesús está muy lejos de ser una lista de cosas prohibidas, y mucho más próximo a ser la guía de un proyecto personal, capaz de llenar los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Al final, el Papa reta a los jóvenes. Los conoce bien, y sabe que siempre reaccionan ante los desafíos. "Atrévanse a ser felices", les dice. Atrévanse a amar limpiamente, a buscar el rostro de Dios y no solo el propio placer o la personal autoafirmación. Les pido, concluye, "que sean revolucionarios, que vayan a contracorriente, que se rebelen contra esta cultura de lo provisional, que cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente".

Se dirige a los jóvenes, es verdad. Pero tanto como a ellos, Francisco enrumba esas palabras a todos los hombres y todas las mujeres que le quieran escuchar. Es profundo lo que nos dice, pero con esa característica tan suya, tiene también la atractiva alegría de lo verdadero.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare