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La tentación de salir en la foto

Cuando un mandatario considera que él es un ciudadano más y no requiere de un culto a su persona, es un ejemplo sobresaliente digno de ser imitado, valorado y aplaudido, principalmente en estas regiones tropicales en donde nos sobran caciques

Al fin algo nuevo bajo el sol: “un Presidente humilde”. En Costa Rica, un jefe de Estado finalmente resolvió terminar con una tendencia tan marcada en Latinoamérica: El “culto a la personalidad” que hace que los súbditos de los países que gobiernan, por las buenas o por las malas, rindamos a los Presidentes de turno una incondicional admiración y respeto, como si sus existencias fueran casi míticas, más allá de toda posibilidad de error de su parte y, por su puesto, de crítica por parte de los ciudadanos. Como contraste, resulta sorprendente que el presidente costarricense, Luis Guillermo Solís, ha emprendido una lucha frontal contra el culto a la personalidad en su país: no quiere ver su nombre en las placas inaugurales de las obras que desarrolla su gobierno ni su retrato colgado en las oficinas públicas, todo lo cual constituye algo muy novedoso en un trópico tan lleno de caudillos mesiánicos. 

El presidente costarricense recientemente firmó un Decreto Presidencial que prohíbe que su nombre esté en las placas de puentes, carreteras o edificios que inaugure. Solís dijo: “eliminaremos las placas con nombre en toda obra pública en mi gobierno, porque las obras son del país y no de un gobierno o un funcionario en particular”, lo cual genera un severo contraste respecto a la actitud observada por figuras como la del megalómano Hugo Chávez, el “Comandante Eterno”, cuyo cuerpo embalsamado está expuesto para continuar recibiendo pleitesía de sus adeptos, incluso más allá de la muerte.

El decreto marca un cambio en la tradición de gobiernos anteriores de Costa Rica, pero también de la región, en los que cualquier obra, por menor que sea, llevaba una placa con los apellidos del presidente o funcionario de turno. Enormes gastos publicitarios pagados con nuestros impuestos, han sido utilizados año tras año, para satisfacer la megalomanía de funcionarios públicos hambrientos de pasar a la historia sin virtudes, sin méritos, sin obras, salvo aquellas tan cotidianas e intrascendentes como cambiar un farol de la calle, restauración de un parque o reparación de un camino vecinal.

Pretender ser un “Estadista” sin serlo, es una larga tradición populista que se vive desde hace décadas en toda la región. Los sueños de permanencia de presidentes eternos, genera una necesidad casi patológica de ser amados por el pueblo que administran, necesidad de admiración que ha permeado a Alcaldes y otros funcionarios de segundo nivel, que hace que cada pequeña acción realizada deba ser vista como un hecho relevante propio de un Estadista: monumento que se inaugura, escuela que se construye, plaza que se levanta, lleva una placa en agradecimiento al “gesto patriótico” del funcionario en funciones, como si ese “gesto” fuera una graciosa dádiva de su parte y no constituyera lo mínimo que un funcionario debe de hacer: administrar con eficiencia. A ningún gerente se le dan premios por hacer que la empresa funcione y no quiebre, simplemente es su trabajo. De igual forma, a ningún funcionario se le debería reconocer méritos por hacer lo que se supone que debe hacer por el simple hecho de resultar electo: trabajar.

La figura del presidente como el hombre todopoderoso, mesiánico, que resuelve los problemas de manera mágica, aparece de forma endémica en todas las oficinas públicas latinoamericanas, denominador común desde la Nicaragua sandinista hasta la Argentina kirchnerista, con el agravante de que en ambos países mencionados, los mandatarios comparten la adulación de sus pueblos con su maquiavélica y todo poderosa esposa, con la cual, invariablemente, comparte los créditos de su gestión. 

Ninguna nación de Latinoamérica escapa al culto a la personalidad del presidente, la historia se repite en todas las naciones de América Latina: Venezuela, Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Chile, teniendo en Cuba su máxima expresión, en donde la admiración por Fidel se encuentra revestida por una parafernalia propia del culto religioso. Fidel es el dios terrenal de Cuba, lo mismo que Chávez lo era en la antiguamente rica Venezuela. Tan poderosos son, que para el caso de Chávez, hasta hace “milagros”, sostiene contactos desde el más allá con sus acólitos, quienes no solo le recuerdan en sus congresos si no que le rezan a su memoria, como una ridícula forma de rendirle pleitesía. 

Así las cosas, cuando un mandatario considera que él es un ciudadano más y no requiere de un culto a su persona, es un ejemplo sobresaliente digno de ser imitado, valorado y aplaudido, principalmente en estas regiones tropicales en donde nos sobran caciques y caudillos, y nos hacen falta funcionarios coherentes y eficientes que les importe más trabajar por el pueblo que los eligió, que salir en la foto.

*Abogado, máster en leyes.