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Tentación por el silencio

Por un lado siento la imperiosa necesidad de decir, denunciar  y hasta de gritar las tremendas injusticias que estamos viendo y viviendo.  Y también de transmitir un mensaje de esperanza

Juan Rulfo escribió El gallo de oro, El llano en llamas y Pedro Páramo, ésta última uno de los más influyentes textos de la literatura hispana. En esas tres obras dijo todo lo que tenía que decir y después guardó silencio. En el otro extremo Mario Vargas Llosa, no para de escribir y de hablar. “Estaré vivo hasta que me muera” ha dicho el gran escritor peruano.
 
En estos días me han andado rondando los dos ejemplos. Por un lado siento la imperiosa necesidad de decir, denunciar y hasta de gritar las tremendas injusticias que estamos viendo y viviendo. Y también de transmitir un mensaje de esperanza, porque nada es permanente en la naturaleza ni en las sociedades. La vida está hecha de ciclos, unos más largos que otros, pero todo tiene su final.
 
Pero también, ante lo que parece ser la derrota definitiva de la palabra, el razonamiento y la virtud, a manos del insulto, la trampa y el vicio, confieso que me tienta el silencio. Como todos los demás no soy un ser humano perfecto. Y sin embargo, parodiando a Eduardo Galeano, podría decir que en mi pecho, plaza de toros, pelean las más fuertes emociones.
 
Cuando sentí que lo correcto era luchar contra un estamento que se había impuesto a sangre y fuego, lo hice. Me fui al monte a pesar de que no hay en mis venas ni una gota de guerrero. Siempre anduve el miedo, doblado en la mochila. Aprendí, como me dijo un compañero, que ante el miedo solo hay dos opciones “o te ahuevas o le haces huevo”. Por casi una década, pasé haciendo lo último.

Cuando sentí que los ideales por los que tanta gente luchó, perdió partes de sus cuerpos o la vida misma, fueron solo una quimera, me hice a un lado. He sido un critico de aquellos que al llegar al poder terminaron imitando en casi todo a los adversarios de aquellos tiempos. La respuesta ha sido implacable. Sin argumentos. Prevaleció la calumnia, el insulto y la amenaza.

Pero no me tienta el silencio por la bajeza de los que lanzan sus diatribas desde el anonimato. Es la felonía y la cobardía de aquellos cuyo papel debería ser ponerse del lado de lo justo, permiten por acción y omisión que la impunidad se imponga. Ya oigo las risas cómplices de los verdaderos delincuentes.
 
Es entonces cuando escribir sobre política, denunciar lo que todos vemos que está mal, razonar, argumentar, se parece mucho a hacer surcos en la mar. Digo que es sólo un sentimiento, un desaliento temporal ante la evidente inmundicia. Sé que en el fondo siempre habrá oídos receptivos a los valientes que denuncian, a los que son consecuentes con sus ideas y saben exponerlas.

La buena noticia es que ha surgido una generación de líderes de opinión que tienen las características señaladas, además de la frescura, la formación académica, la audacia y sus limpias trayectorias. Salvador Samayoa, expresó en la tercera parte del documental “Los Archivos Perdidos del Conflicto”, que nuestra generación (la de él y la mía) hizo lo que tenía que hacer. Hoy le toca, agregó a las nuevas generaciones. Y todo indica que lo están comenzando a hacer.
 
El reto para ello es crecer en todo sentido y llegar hasta las últimas consecuencias, para que la palabra mueva a la acción. Como dijo Alí Primera, hay que empujar el sol para acercar la madrugada. Escribo estas palabras, quizá demasiado íntimas, después de haber vivido uno de esos días cuando los villanos han ganado una batalla. Uno de esos días cuando, afónico, más me ronda la tentación del silencio.

* Columnista de El Diario de Hoy.