Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Tenemos esperanza y fe en que la violencia y homicidios terminen

Hay un sitio en la red de redes, http://www.proverbia.net/default.asp, donde se recoge todo tipo de refranes, proverbios y cualquier tipo de máximas expresadas por personalidades de la historia y clasificadas por temas. Pues bien, por casualidad, llegué al sitio y se me ocurrió poner la palabra "esperanza". Entre los muchos apotegmas que me llamaron la atención destacan cuatro: la del escritor inglés, Samuel Johnson: "Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción". Al contrario de este pensamiento, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, dice: "La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre". El gran Aristóteles señala: "La esperanza es el sueño del hombre despierto", mientras que Martin Luther King tiene dos sentencias al respecto: "Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol" y otra, "si ayudó a una sola persona a tener esperanza, no habrá vivido en vano".

Estas reflexiones revelan, de alguna manera, la orientación ideológica de estos autores, por ejemplo Nietzsche, un filósofo alemán crítico, muy crítico de los valores que llevan al hombre a un nihilismo (negación de toda creencia) profundo, incapaz de enfrentar el presente y el futuro con fe, con esperanza.

Mientras, Luther King fue un activista de primera línea que puso a la esperanza y la fe como su arma de trabajo cotidiano, y por qué no hablar de Aristóteles quien lucho incansablemente por alcanzar el porqué, la esencia del hombre y de las cosas a través de las diversas líneas del conocimiento, o la expresión del ensayista inglés del siglo XVIII, Johnson, quien simplemente señalaba que la esperanza, en sí misma, constituye una dicha.

Para el cristiano la esperanza es clave, confía, y tiene una fe ciega, en que ese futuro será ante la presencia de Dios, del Dios vivo; por eso el catecismo que nos enseñaban desde pequeños decía que se trata de una virtud teologal, junto con la fe y la caridad, por la cual los cristianos esperan la ayuda de Dios en este mundo y la gloria eterna tras la muerte; la esperanza permite al cristiano tener paciencia en momentos adversos. El mismo Papa Francisco, en una entrevista ofrecida esta semana a una radio argentina llamó a los fieles a "tener el coraje de no dejarse robar la esperanza".

La esperanza no es una dimensión única del cristiano, en general se trata de una actitud, una forma de ver la vida, propia de los hombres que ven y creen en un mejor futuro, en la capacidad de los hombres de buena voluntad, para solventar los problemas, no obstante las dificultades.

He querido incursionar a vuelo de pájaro sobre este tema porque está en el ambiente un concepto que parece paradójico, pero que no lo es: mientras el arzobispo de San Salvador denuncia que "estamos a punto de ser lo que se llama un Estado fallido….", el presidente de la República, un hombre de izquierda, aunque dice ser creyente, plantea que "debe dársele esperanza a este pueblo porque no se puede dejar vencer por el miedo…".

Sí parece paradójico porque sí bien es cierto que se trata de dos ideas que en principio parecen imposibles de concordar, como también irónico que sea el Pastor el que denuncia y el Presidente quien llama a la esperanza, no hay que ser tajantes y tanto el uno como el otro lo formulan desde su respectiva dimensión, uno como obispo, preocupado por su grey, al poner el dedo en la llaga porque la delincuencia ha superado los límites, no sólo de la tolerancia, sino también del control, como lo demuestra el cuantioso número de asesinatos y extorsiones que, de no aplicar el correctivo necesario puede llevarnos al despeñadero. Mientras tanto, el Presidente quien aún no tomado las riendas de la seguridad con eficiencia y no ha mostrado sus planes y estrategias de cara al combate de la inseguridad y la delincuencia, "pide paciencia" y pide, por el momento, no perder la esperanza, la fe en un mejor futuro en el que los salvadoreños tengamos un país seguro, amigable, lleno de alegría que nos permita salir de nuestras casas a cualquier hora y no ser víctimas de una bala perdida o del odio de un mal nacido a quien se le ocurre descargar su arma en un transeúnte que se atrevió a no pagar la renta.

Las palabras del Obispo son importantes, no deben verse con intencionalidad politiquera, sino como lo que en verdad son, una advertencia pastoral y en cuanto tal deben de tomarse en cuenta por el Presidente para actuar y tomar el rumbo correctivo. No nos equivoquemos y justifiquemos lo injustificable: los homicidios, las extorsiones son intolerables y nos pueden llevar a un estado fallido sí el gobierno no actúa de inmediato con firmeza. Estamos esperando con esperanza....

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com