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Taxi Viejo, taxi Nuevo

La idea es causar una buena impresión para ganarse un “review” positivo y así llenar de clientes satisfechos  el perfil del chofer. Todo perfecto, excepto por una sobredosis de Paco Rabanne

San Salvador, El Salvador: tormento, en léxico de taxista cuscatleco, quiere decir trabazón; canario, por razones de color, es la unidad de transporte, y patas de hule son las llantas del canario. 

Esto lo aprendí en mis viajes frecuentes al aeropuerto cuando trabajaba en aviación.

Muchos abriles han pasado desde esos tiempos pero, hace poco, volví a hacer la pregunta de cajón, al nomás quitarme los zapatos cómodamente sentado diagonal al taxista, “¿por cuál ruta hay menos tormento para que, al chilazo, este canario ponga sus patas de hule, frente a las escaleras eléctricas del aeropuerto? 

“Le vamos a pegar al hermano lejano por la monseñor”, respuesta que sólo un salvadoreño puede entender. “¿Está seguro?, ya casi son las siete” pregunté preocupado. “Orita está al suave”, me aseguró, ignorando mi sugerencia de consultar a su base. 

 Circulábamos sobre le Jerusalén sur, cuando se me ocurrió ver a Mr. Waze. ¡Horror, de suave nada! Ya no había escape y, para acabar de amolar, el Paseo Escalón chele ¡Qué cólera!

Descomunal tormento en la monseñor. Desde la Jerusalén, hasta la primera válvula de escape en la Torre Citi, mínimo una hora. Digo mínimo pues a los cincuenta minutos, abandonamos el canario con mi mujer, jalando maletas sobre el hombro de la Diego, hasta el Hotel Capital, lugar de trasbordo gracias a taxis Mi Suegro, quién había llegado, con calcetines dispares, por nuestra súplica de salir chipusteado. 

Para hacerles el cuento corto, cuando sofocados llegamos al aeropuerto, el vuelo ya había despegado. ¡Qué bajón!

Lima, Perú: Cena en Miraflores desde San Isidro. Unos toques en la app de Uber e inmediata confirmación que Lucho llegaría por nosotros, en cuatro minutos, a bordo de un Toyota Corolla 2014, color negro, placas tal. No hay problema que sea la hora pico frente al hotel. El cel de Lucho lo dirige a mi cel gracias a la magia satelital.

El app nos pide digitar la dirección del destino, por lo que Mr. Waze, ya ratos le había informado a Lucho la ruta con menos tormento.

Impecable el Corolla, hasta con El Comercio, un recipiente, de esos de abuelita, lleno de Halls, una cartera de CD para escoger nuestra música y un Lucho bien “shineado”. 

La idea es causar una buena impresión para ganarse un “review” positivo, y así llenar de clientes satisfechos el perfil del chofer. Todo perfecto, excepto por una sobredosis de Paco Rabanne.

El aroma es lo de menos. Lucho súper agradable, una enciclopedia preñada de conocimientos: desde gastronomía y política, hasta la reina Sofía y la nueva economía.

Nos concentramos en el modelo de negocio de Uber, concebido en San Francisco, California, hace cinco años. Pionero en sacarle lo “smart” al “smart phone”; la nueva economía revolucionando el negocio del transporte, erradicando al fantasma de la incertidumbre, por no saber si el taxi de ayer te va a poner, o te va a dar baje con un “city tour”.

Presente en 70 países, varios en Latinoamérica, incluyendo Panamá y Costa Rica.

Los ubercianos son estudiantes, amas de casa, retirados, o extaxistas que, con sólo encender o apagar su celular, deciden cuando trabajar y descansar.

Hay menos riesgo, pues el “smartphone” es un colador de calidad de pasajeros. Los carros son modelo reciente (sin dados ni peluches), y no están pintados de canario. Tampoco hay pisto de por medio, pues el cargo acordado va directo a la tarjeta del cliente.

Más barato que un canario, la buena experiencia Uber se paga con mucho gusto. Una transacción transparente, de compensación digna, y sin expectativa de propina: 80 % de la tarifa para el piloto, 20 % para Uber.

Al despedirnos, le conté a Lucho que aterricé un día tarde en el Jorge Chávez, de Lima, culpa de un taxi viejo. Y él, sabiamente, recomendó: “Pongan Uber en El Salvador”.
 

* Colaborador de El Diario de Hoy. 
calinalfaro@gmail.com