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¡Sugar, sugar!

Es inevitable. Cada vez que llega el verano con ese cielo azul intenso y esa brisa, y ese verde que se va pasando de dorado a café, no puedo evitar que me asalte una y otra vez el mismo recuerdo. Acabamos de terminar el examen de matemática, el último de los finales de noveno grado. Eran más o menos las diez y media de la mañana.

A Carlos Turcios, apodado "Cato", se le había ocurrido convocarnos a todos para juntarnos en una ancha acera frente a la escuela como una especie de despedida. Y allí nos fuimos haciendo grulla, Con refrescos y galletas. El grupo se iba haciendo más grande en la medida en que cada quien terminaba el examen.

Sería la última vez que íbamos a estar juntos en lo que nos quedaba de vida. Cuando ya casi estábamos todos "Cato" hizo sonar un casete que comenzó con la canción que había estado en el tope de las casillas de popularidad por esos días, "Sugar, sugar", de "The Archies". La escucho mientras escribo estas líneas y de pronto me agarra como una nostalgia de esos años cuando parecía que todo pasaba más lento, que la vida era más tranquila y que el mañana siempre sería mejor que hoy.

Era 1972, y aunque Jocoro, tenía bachillerato desde hacía muchos años, la mayoría de nosotros se iría a estudiar a otra parte. Algunos habían estado juntos desde primer grado. Yo había llegado al pueblo muy pequeño desde el divorcio de mis padres, y la casa de mis abuelos, con su portal frente al parque, es el recuerdo más nítido de mi infancia. Podría decir como el gran poeta Antonio Machado, "mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero…", sólo hay que poner Jocoro en lugar de Sevilla.

Entonces mis compañeras se llamaban: Evangelina, Tita, Elba, Aurora, Ruth, Cecilia, Sonia, Sofía, Elizabeth. Fue hasta después que Valentín Pimstein, lanzara quinceañera y toda una andanada de televonovelas para público adolescente, que México y toda América Latina se inundó con las Paolas, Vanesas, Wendys, Erikas y Karlas. Las Guadalupes, Marianas y Juanas casi desaparecieron.

Mis compañeros se llamaban Julio, Samuel, Omar, Hernán, Carlos, Luis, Antonio, Mario. No conocía ningún Kevin, Albert y mucho menos Bryan. El único que tenía nombre raro era yo y mis hermanos Geovani y Maynor. Pero eso fue porque junto a los hermanitos Conde y las niñas Avolevan, éramos como una especie de extranjeros hijos de papás medio italianos, medio turcos, medio gringos. Tanto nosotros, como los Conde y las niñas Avolevan, éramos los raros.

Fueron muy pocos los que se quedaron en el pueblo. Unos se fueron a estudiar a diversos colegios de San Miguel, la gran metrópoli oriental, otros a San Salvador, la capital. Y algunos, los menos, al extranjero. A mí por tradición familiar (y por ser hijo de padres divorciados) me mandaron a Costa Rica, a un colegio donde había alumnos de todas partes de Centro América. La mayoría de internos eran panameños.

Ese colegio Adventista que albergaba a más de 600 adolescentes internos entre jóvenes y señoritas (estrictamente separados ), es lo más parecido a la película American Pie. Las maldades eran generalmente inocentes, salvo un par que metieron marihuana y fueron expulsados de manera irremisible. Ese colegio marcó mi vida. Se leía mucho, se conocía gente, se aprendía idiomas, se tenía novia por primera vez.

Luego de dos años regresé definitivamente al país. A San Salvador, la casa de mi papá. El país estaba agitado. Manifestaciones todos los días, secuestros de estudiantes, campesinos, trabajadores y empresarios. Guerrillas. Para mí, de pensamiento totalmente conservador, los acontecimientos me sorprendieron y traté de mantenerme al margen, oyendo rock, yendo al gimnasio a ver los partidos de basquetbol colegial, al estadio a ver al Águila.

Pero la guerra es como esos agujeros negros que hay en el universo, que todo lo chupan y yo no fui la excepción. Pasó lo que pasó y me acordé de todo esto porque de pronto, comenzó a sonar esa baladita de tiempos inocentes "oh Honey… oh Sugar, sugar".

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com