Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Somos súbditos

Seamos optimistas, no estamos tan mal. Los impuestos siempre aumentan, nunca disminuyen. Y lo mismo ocurre con la violencia y la inseguridad

Usted no es un ciudadano. Yo tampoco. 

Si lo fuéramos participaríamos en la toma de decisiones. Seríamos nosotros quienes decidiéramos cuánto dinero entregar al Estado, y para qué. El poder residiría en nosotros.

En contraprestación al dinero que entregamos al Estado recibiríamos educación, salud, seguridad. No sería necesario pagar educación privada, salud privada, seguridad privada. Un ciudadano no paga a los pandilleros un precio a cambio de que no lo maten a él, a su familia o a sus empleados.

Pero cada vez que usted compra algo, un 13% de ello se lo entrega a un grupo de personas que no le darán nada a cambio. Hasta un 30% del dinero que a usted le cuesta ganarse con su trabajo, debe entregárselo a ese grupo de personas. Y ellos no le darán nada a cambio. Eso equivale a que tres o cuatro meses del año usted los trabaja exclusivamente para esas personas; el resto del año lo hace para usted y su familia.

No somos ciudadanos. Nunca lo hemos sido. No tenemos el poder. Ellos sí.

Esa casta es quien toma las decisiones. Ellos verifican cuánto dinero ha ganado usted con su esfuerzo y deciden cuánto debe entregarles. Ellos deciden si debe entregarles más. Y usted debe hacerlo. De lo contrario caerá sobre usted la fuerza pública y el reproche social.

Y si está insatisfecho con las migajas de servicios que esa casta le ofrece a cambio de su dinero, puede quejarse. Es libre de hacerlo. La catarsis es sana y liberadora. Pero para evitar frustraciones sepa de antemano que sus quejas son inútiles.

Usted sabe el reto que enfrenta para pagar sus cuentas, sus deudas, la escuela de sus hijos, el alquiler o la hipoteca. Si es difícil llegar a fin de mes, sabe que sería casi imposible acumular hasta el final de su vida un patrimonio de un millón de dólares.

Pero usted se entera de que los miembros de esa casta se hacen millonarios en tres o cinco años con el dinero que usted les ha entregado. Ellos saben que usted conoce esa información, pero eso no les ruboriza. Incluso le dirán que lo que usted les da es insuficiente. Necesitan más. Crearán mas tributos y le ordenarán que les entregue más dinero. Nada puede hacer al respecto.

Usted no es un ciudadano. Yo tampoco.

En este sistema nuestro papel es producir. El de ellos es vivir de lo que producimos. No somos ciudadanos, somos súbditos. Y ellos no son nuestros representantes, son nuestros señores.

Así es el sistema. Acéptelo. Asuma su condición y habrá más paz. Ellos estarán más tranquilos, y usted menos frustrado. El sistema funcionará con mayor fluidez.

Es cierto, a veces uno quisiera ser un ciudadano. Si yo fuera ciudadano por un día, me gustaría tener el poder de reformar la Constitución. Tomaría ese artículo que dice que “el Gobierno es republicano, democrático y representativo”, y lo sinceraría con la realidad. “El Gobierno es feudal”, escribiría. Pero solo soy un súbdito como usted.

Seamos optimistas, no estamos tan mal. Los impuestos siempre aumentan, nunca disminuyen. Y lo mismo ocurre con la violencia y la inseguridad. De manera que estos tiempos hay que disfrutarlos. Siguiendo la tendencia de las últimas décadas es muy probable que vengan tiempos peores, y que tengamos que pagar a la casta un precio todavía más alto a cambio de ello.

Así que ¡ánimo, colegas! Y a trabajar duro, se ha dicho. Ellos nos necesitan…

Sí. Ellos nos necesitan.
 

*Súbdito.