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No somos animales algo más cerebrizados

Este título no tendría sentido alguno desde Aristóteles hasta la mitad, más o menos, del siglo pasado. Hoy, en cambio, es muy necesaria esta afirmación ya que se ha extendido, incluyendo aulas de colegios y de universidades, ese modo de pensar de muchos integrantes de nuestra decadente cultura occidental.

Cierto es que Aristóteles usaba para referirse al hombre palabras como "animal racional" y "animal social" pero no cabe tomarlo al pie de la letra sabiendo que el sabio estagirita escribió todo un tratado sobre "el alma" y no se refería en ello al principio vital de otros seres vivos, a las "almas" de los animales, sino a lo que nos diferencia radicalmente de ellos. 

Hablo con conocimiento directo de la realidad, porque en mis clases universitarias de antropología filosófica, cuando daba a elegir diversas definiciones del ser humano, muchos alumnos señalaban precisamente eso: se consideraban "animales más cerebrizados" que otros animales, algo así como la cúspide de una cadena continua, en ascenso, de otros animales un poco menos inteligentes.

Ese concepto restrictivo sobre lo que es el hombre no es caprichoso, casual, sino que responde a esa visión materialista que padece tanta gente. Si Dios ha desaparecido de sus creencias y motivaciones, con ello desaparece todo el mundo propiamente espiritual. El pensamiento lo ven como un producto, una segregación del cerebro, casi equivalente a la bilis del hígado o la saliva de la boca. 

Nunca olvidaré la pregunta de aquel alumno que con visible sorpresa e irritación me dijo: -Pero entonces si no es el cerebro el que piensa, ¿qué es lo que piensa? Y yo le contesté con una sonrisa: -Usted, usted es el que piensa, con su cerebro. Aunque debería haber sido más preciso y decirle, como luego expliqué a toda la clase, ustedes piensan, y a través de una especie de supercomputadora viva, el cerebro, traducen ese pensamiento en palabras habladas o escritas.

Esa confusión entre el alma y el cerebro, como una sola cosa viene también de un pensamiento, una mala educación materialista sobre los seres humanos. Otra pregunta fundamental para ver cuál es la visión del mundo de unos estudiantes es preguntarles -¿qué es usted? Siempre con la esperanza de que algunas alumnas o alumnos nos digan quienes son y no qué son. Porque he ahí la otra gran diferencia del más miserable de los seres humanos comparándolo con los más excelsos de los animales: sólo él es persona.

La Santísima Trinidad, en el Génesis bíblico, emplea el singular impersonal para decir hágase la luz, hágase la Tierra, etc. Pero cuando va a crear al hombre, como si hubiera sido decisión de una deliberación común de las tres divinas personas, emplean el plural: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y esa es nuestra semejanza: somos personas, poseemos esa especial dignidad que nos acerca más a Dios que a los animales. Tenemos una inteligencia capaz de conocer la realidad de las cosas y una voluntad libre para elegir lo que es bueno o lo que es malo. Ninguna de esas dos cualidades de las almas humanas (inteligencia racional, abstractiva, y voluntad libre para decidir qué hacer), la tienen los animales, ninguno de ellos, incluso los considerados más inteligentes.

Pero la visión animalizada de los seres humanos sigue avanzando por el camino equivocado mostrando al hombre como un animal algo especial, pero depredador, orgulloso de su naturaleza, pero peligro para el resto de los animales. Así, los más exaltados de esa visión equivocada dicen: "la especie humana es un parásito de la tierra. Es mucho mejor para la Tierra que desaparezca ese cáncer. La Tierra puede seguir tranquila desarrollando otra forma de vida". 

Lo malo es que esa intención no la dice un lobo, un leopardo o un águila, sino los que propugnan la Carta de la Tierra y Cristiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com