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El sombrero azul

Un símbolo más, surgido de las entrañas populares, se suma a las venerables insignias nacionales: el sombrero azul. ¡Con cuánto orgullo hemos visto participar a la Banda de El Salvador en el desfile de las Rosas, en Pasadena, California, Estados Unidos de América.

Soportando las más duras incomodidades de un viaje redondo de 1893 kilómetros por tierra, de 178 horas de duración, y atravesando territorios peligrosos como los de Guatemala y el norte de México, 160 jóvenes salvadoreños pusieron muy alto el pabellón nacional por medio del arte y el más acendrado esfuerzo. ¡Felicitaciones!

No fue fácil su preparación. Según cuenta Carlos Folgar, director de la Banda: "Fue un proceso largo. Tuvimos una selección muy rigurosa en todos los institutos de oriente, centro y occidente del país, en donde se tomaron solamente a los mejores". Pero el resultado fue óptimo. Como dice Karen Chávez, participante de la Banda: "Me siento orgullosa de haber representado a El Salvador en Pasadena. Fue una experiencia única e inolvidable". Y otro participante, Luis Beltrán: "Me siento feliz y también orgulloso de este viaje. Muchos salvadoreños allá lloraron de alegría al vernos".

Quienes vimos el desfile por televisión, damos fe de la excelencia de la participación de nuestros jóvenes. Su presentación estuvo muy bien planificada y ejecutada en tres segmentos: primero, unas lindas princesas mayas, con imaginativas vestimentas de fantasía; luego, la Banda propiamente dicha, precedida de unas bien formadas cachiporristas, diestras en el manejo de sus orlados bastones, seguidas de jóvenes entusiastas marchando al unísono, con variedad de instrumentos y tocados con sus respectivos sombreros azules, y, finalmente, el ballet folklórico, con trajes coloridos, que seguía con gracia los ritmos clásicos de nuestra tierra, como "Adentro Cojutepeque", "Arriba El Salvador" y, especialmente, nuestro segundo himno nacional "El Carbonero", obra y gracia de nuestro gran músico y poeta Pancho Lara. ¡Cuánto placer causa tener buenas noticias en tiempo de vacas flacas!

Pasado el desfile, me quedé pensando un poco, reflexionando, festejando el triunfo de nuestros muchachos, y, sin sentir, caí bajo los efectos de Morfeo.

Y soñé. Soñé que nuestro país era la República Federal de Centroamérica, tal como nacimos a la vida independiente. Que la sinergia de los cinco países impulsaba aceleradamente su desarrollo, sin fronteras, con libre circulación de personas, bienes y servicios; que nuestros gobernantes eran estadistas; que el Congreso federal y los estatales representaban la flor y nata de nuestros pueblos; que reinaban la seguridad y el orden; que imperaban la justicia y la libertad; que "la triple hélice del desarrollo" --Academia-Sector público-Sector privado-- unificaba esfuerzos para la elevación de los niveles educativos, el apoyo a la investigación y la innovación, y multiplicaba la productividad y la producción; que proliferaban las escuelas, los conservatorios y las canchas deportivas; que el respeto al derecho elevaba la majestad de la república; que los índices macro y microeconómico nos situaban en un lugar privilegiado; que la corrupción y el narcotráfico eran neutralizados por la acción eficaz de la justicia; que la voz del pueblo era escuchada; que los gobernantes salían tan pobres como cuando entraban; y que el Estado Democrático Constitucional de Derecho, en fin, imperaba en todo su esplendor.

En sueños recordé la Carta Profética de Jamaica, escrita el 6 de septiembre de 1821 por Simón Bolívar: "Los Estados del Istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación; esta magnífica posición entre dos grandes mares podría ser con el tiempo el emporio del universo; sus canales cortarían las distancias del mundo: estrecharían los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerían a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podría fijarse algún día la capital de la tierra! como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio".

De repente ¡BANG! Un mortero de cincuenta centímetros de largo me despertó de súbito. Y me trajo de nuevo al "país de las maravillas". Sonreí, porque es lo que conviene hacer en "el país de la sonrisa", y porque los hombres no deben llorar. Pero lamenté haber despertado de mi sueño. Dos autobuses que se disputaban la vía, silbándose mutuamente un agravio de tres notas, me acabó de despabilar, y, para volver completamente a la realidad, encendí de nuevo la televisión para ver un buen partido de balompié: No se pudo. Un noticiero proyectaba los desórdenes y quemas de llantas que se producían en el centro de la capital, y en el segmento internacional se daba cuenta de los conflictos en el Medio Oriente y de la grave crisis económica que azota al mundo entero.

Con todo, según la voz oficial, gozamos de los innegables beneficios del Gobierno del cambio. Esto me recordó la expresión del filósofo alemán Wilhelm von Leibniz, fiel creyente de "la armonía preestablecida" y creador del cálculo infinitesimal, quien afirmó: "Dios podía haber creado infinitos mundos, pero si creó éste es porque era "el mejor de los mundos posibles". Esta afirmación motivó a Voltaire, el filósofo de Farney, a publicar la demoledora sátira "Cándido", sobre el optimismo metafísico del pensador alemán.

No obstante, y aunque parezca imposible, hay que seguir adelante para hacer realidad nuestros sueños. Como dice la letra de "El Sombrero Azul": «Vuela salvadoreño/que no hay pájaro pequeño/que después de alzar el vuelo/se detenga en su volar».

Adelante. El tiempo es largo y la vida es breve. Algún día llegaremos a "la tierra en que abundan la leche y la miel".

*Doctor en Derecho.