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El Sol y las estrellas del Cristianismo

Mis anteriores puntos luminosos de la historia, los traté desde el asombro histórico de su perspectiva racional. No se explica por qué los médicos hipocráticos ya tenían un concepto tan digno y profundo de sus pacientes y mucho menos se explica --si se prescinde de razones de fe-- que una pequeña tribu de pastores errantes, despreciables para las grandes civilizaciones mesopotámicas, descubriera y adorase a Yahvé, único y verdadero Dios, creador de todo lo existente. Pero estoy convencido que la razón y la fe no son enemigas sino que concuerdan y se enriquecen mutuamente, como demostró Tomas de Aquino, esplendor del pensamiento medieval, y ahora Juan Pablo II en su encíclica "Fides et Ratio" y Benedicto XVI en múltiples de sus obras.

La aparición de Jesucristo no es un punto luminoso de la Historia. Es muchísimo más. Es el Sol que ilumina, para todo el mundo y para siempre, con su luz de fe, esperanza y caridad, haciendo a los que la aceptan, hijos de Dios y herederos de la Vida Eterna. Esta es la visión certera que nos da la fe cristiana, pero ¿cómo se ve para los que carecen de esa fe? Si no hay previa mala voluntad, a la luz de la razón y de los datos históricos, la persona de Jesucristo aparece atractiva pero misteriosa, porque no hay ninguna explicación humana si no se admite su divinidad. No encajan, ni su conducta ni sus palabras con las de un loco, un soñador o un embaucador. Sus milagros son rotundos. Su mandato de amar a los enemigos una revolución moral de altura insuperable. Para negar lo sobrenatural sólo cabría decir que Jesucristo no existió. Eso lo rebaten los historiadores honestos pero también cualquier hombre sin fe, pero inteligente. Albert Einstein, por ejemplo, dice: "Soy judío, pero estoy embelesado por la figura luminosa del Nazareno. -¿Acepta la existencia histórica de Jesús? -Incuestionablemente. Nadie puede leer los evangelios sin sentir la presencia real de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está lleno de tal vida".

Del Sol de Jesucristo, en la única iglesia que Él fundó, la Iglesia Católica, han surgido, a lo largo de los siglos, los santos, puntos luminosos, verdaderas estrellas. A muchos de los cristianos no-católicos les escandalizan los santos. Los ven erróneamente como competidores con la adoración debida a Jesucristo. No se dan cuenta de que, como diría un filósofo, "el bien es difusivo de sí". Y Dios, Bien Supremo, se goza con la glorificación de esos hijos más fieles, cuyo grandísimo amor a Dios les llevó a un gran amor eficaz hacia todos los hombres.

La historia universal habría sido muy diferente sin los santos. La luz de muchos de ellos fue poco aparente con visión profana. De otros, en cambio, su luz cambió el curso de la historia en su época y en su Patria. Así a San Benito se le puede llamar con toda justicia fundador de Europa. Santa Genoveva salvó con su fe a Francia y especialmente a Paris del furor destructivo de Atila y sus hunos. Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia salvaron al Papa y a la Iglesia del encierro en Avignon. Una serie de reinas y reyes figuran entre los santos no solo por sus virtudes religiosas sino por su acierto en el buen gobierno y progreso de sus países. Así Margarita de Escocia, Isabel de Hungría, Isabel de Portugal, Luis IX de Francia, Esteban I de Hungría, Fernando III de Castilla, etc.

Ahora siguen existiendo santos. El 27 de septiembre, en Madrid, Monseñor Álvaro del Portillo será beatificado. Primer sucesor del fundador del Opus Dei, fue muy importante su trabajo silencioso, amable y eficaz en la preparación, desarrollo y puesta en práctica del Concilio Vaticano II. Pero también se le recuerda, con agradecimiento, por su impulso decisivo para las labores sociales del Opus Dei en los países subdesarrollados.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com