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Socialismo salvaje

Aún en la increíblemente rica Venezuela, los ciudadanos carecen de leche, huevos, cereales, y artículos de higiene personal

El papa Francisco, en febrero de este año,  criticó el “capitalismo salvaje”, calificando de esa manera la actitud desplegada por algunas personas o empresas que se limitan a buscar beneficios a cualquier coste, aunque dicho beneficios se obtengan por medio de la explotación de empleados o de otras personas. Dicha expresión ya estaba circulando en diversos medios intelectuales de izquierda, incluyendo periódicos, Internet, analistas y comentaristas, pero al ser utilizado por el Sumo Pontífice,  le brindó cierto nivel de aceptación a un término utilizado por sectores inquietantemente cercanos a la izquierda radical que actualmente medra en nuestro tan diezmado continente americano.

No debe generar extrañeza que el papa condene la actitud que se describe dentro del término “capitalismo salvaje”, por la naturaleza egoísta y poco solidaria que el término encierra; asimismo, tampoco nos debe de extrañar que no se preocupe de condenar el “socialismo salvaje”, ya que en el país en donde el Vaticano tiene su sede, así como en los países europeos circundantes, las nefastas e inhumanas consecuencias del comunismo real y del socialismo, son una mera  sangrienta sombra del pasado, son como una salpicadura de sangre en la pared que quedó manchada por un antiguo crimen, el cual solo se recuerda cuando se hojean libros de historia llenos de polvo.

Eso sí, para nosotros los latinoamericanos, el socialismo no es un resabio histórico que los niños aprenden en la escuela, como cuando se estudia la evolución de las especies, sino que es algo cruelmente real, ya que a la vuelta de cada esquina latinoamericana nos encontramos todavía con gobiernos que si por ellos fuera, impusieran a los sufridos países que gobiernan, sus trasnochadas ideas políticas que ya fueron experimentadas en otras latitudes dejando en los países que las vivieron, un reguero de muerte, pobreza, odio, persecución y llanto.  
  
Si la actitud que despliegan los empresarios sedientos de riqueza es un “capitalismo salvaje”, no queda más que llamar “socialismo salvaje” a la actitud que despliegan los gobernantes izquierdistas sedientos de riquezas para ellos, sus familias y sus cúpulas, desesperadamente ansiosos por perpetuarse en el poder, y de paso triturar con el poder del Estado no solo a sus opositores, sino también al pueblo mismo que, en algún lejano momento, juraron proteger. 

¿Cómo describir al “socialismo salvaje”? Talvez la expresión ucraniana “holodomor” nos serviría para esbozar una idea del mismo. En ucraniano, “holodomor” significa “matar de hambre”, y es que ese es el nombre atribuido a la hambruna que asoló el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania, en el contexto del proceso de colectivización emprendida por la URSS bajo el mandato y ordenes de Stalin, durante los años de 1932-1933, en la cual habrían muerto de hambre alrededor de 10 millones de personas. 

Ojalá que Ucrania hubiese sido la única víctima del socialismo salvaje. Durante el “Gran Salto Adelante”, de la China comunista administrada con mano de hierro por Mao Zedong, la agricultura fue organizada en comunas y se prohibió el cultivo privado, acto que se combinó con el hecho de establecer la producción de hierro y de acero como una exigencia clave para el progreso económico, por lo que se ordenó a millones de campesinos abandonar el trabajo agrícola para incorporar  a  ese personal a la producción de hierro y de acero, mientras tanto, una inconmensurable cantidad de cosechas se pudrían por falta de mano de obra.

  ¿El resultado? Las políticas socialistas de Mao, provocaron la muerte por hambre de uno cada siete chinos. Las estadísticas analizadas implican que aproximadamente entre 40 y 50 millones de personas murieron por situaciones directamente relacionadas con el hambre, incluyendo, por su puesto, el canibalismo desencadenado.

En Cuba, durante el llamado “período especial” que el país vivió desde la caída de la Unión Soviética que los mantenía a flote como una pesada rémora ideológica, hasta el advenimiento de la millonaria tabla de salvación chavista, los cubanos únicamente podían comer a diario papas salcochadas, y con suerte, una vez a la quincena, un cuarto de pollo por familia.

Aún en la increíblemente rica Venezuela, los ciudadanos carecen de leche, huevos, cereales, y artículos de higiene personal, llegando al punto en que las pacíficas amas de casa se enfrentan a golpes con tal de conseguir un poco de comida para sus hijos, todo lo cual sucede en supermercados con estantes vacíos y militares en los pasillos para evitar desordenes públicos derivados de la desesperación de los ciudadanos por obtener alimentos.

Todo ese sufrimiento del pueblo ocurría y ocurre mientras sus líderes viven estilos de vida principescos, gozando de una abundancia a los que solo una reducida camarilla de privilegiados tienen acceso. Gracias a Dios para Europa y el Vaticano eso quedó en el pasado, pero lamentablemente para Latinoamérica eso no es así. Los efectos del “Socialismo Salvaje” continúan siendo muy reales en América Latina, en donde el pueblo sufre las carencias generadas por las políticas adoptadas por sus gobernantes. 

Ante el incomprensible silencio internacional sobre lo que sucede en esta parte del hemisferio, en donde todavía vivimos un Socialismo Salvaje, espero que este Editorial sirva como protesta contra esa plaga de la humanidad, la cual, Dios quiera, tenga los días contados.
 


*Abogado, Master en Leyes.