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Sobre una bomba de tiempo

La reducción en el número de asesinatos que se ha prolongado ya por más de año y medio se atribuye a la decisión de las dirigencias nacionales de las principales pandillas de suspender ese tipo de acciones. Cuando se habla de dirigencias nacionales se trata de aquellos líderes que hoy son hombres maduros, conocidos en el ámbito de las pandillas como "viejos", aunque realmente sólo se encuentran entre su tercera y cuarta década de vida. Estos adultos han iniciado el proceso de pacificación porque han visto correr mucho dolor y sufrimiento, tienen hijos y se han dado cuenta que la vida loca, después de todo, no es tan alegre como aparenta. Los terribles años de prisión les han hecho reflexionar en que no desean el mismo destino para otros jóvenes ilusos y mucho menos para sus descendientes.

A pesar de la voluntad manifestada por los "viejos" de suspender los asesinatos, éstos continúan ocurriendo y en los últimos meses con una tendencia al incremento. El promedio se ha doblado en relación al inicio del proceso. Es verdad que no todos los asesinatos son el resultado de la violencia entre pandillas pero también es verdad que a ellas corresponde un porcentaje importante. ¿A qué se debe este incremento?

En la calle, entre quienes disfrutan de libertad, prevalece otra manera de pensar. Hay pasión por mostrar crueldad e insensibilidad. La tenencia de armas de fuego dispara la adrenalina y hay deseos de ganar respeto derramando sangre ajena. A menor edad, mayores excesos y mayor audacia. Ha nacido una nueva generación acostumbrada a las armas, a la sangre y al desprecio a la vida. No han conocido una comunidad diferente a aquella en donde el respeto se disputa de manera violenta y donde sólo sobreviven los más agresivos. La historia vuelve a repetirse en la nueva generación pero no en el mismo nivel ya andado sino en uno cada vez más profundo.

La sed de violencia y muerte es sólo reprimida por el imperio de la palabra que la acumulación de respeto ha otorgado a los "viejos". Pero ¿qué ocurriría si por alguna razón esa palabra faltase? ¿Ya sea por falta de canales para la comunicación, por el surgir de facciones disidentes o por simple desacato? La respuesta obvia demuestra que la reforma y las transformaciones no se pueden imponer. No se trata de contener la violencia, se trata de que no haya violencia. Eso es posible cuando se desactivan los factores que la eclosionan. La mala noticia es que todavía no se visualiza un esfuerzo serio y suficiente de política de prevención de la violencia que responda a nuestra quemante realidad.

Hasta hoy se ha descansado en la iniciativa de los "viejos" y no en el desarrollo de las capacidades del Estado para afrontar el problema. Tal vez por desinterés, tal vez por comodidad, tal vez por impotencia. Pero la disolución del caldo de cultivo no vendrá por la vía de la represión sola, es necesario elaborar un plan estratégico a largo plazo, consensuado, dotado de los recursos suficientes y donde se consideren con respeto los aportes de la sociedad. Mientras no se elabore esa política de prevención ni se ejecute, el problema que más aqueja a los salvadoreños continuará en igual situación o empeorando; con su estela interminable de vidas jóvenes que ya no volverán.

*Pastor general de la misión cristiana Elim.