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Sobre el trabajo infantil

Me crié en un taller de mecánica y recuerdo que cuando tenía siete años, viendo como un obrero pintaba una baranda con pintura plateada, me preguntó: ¿Me quieres ayudar? Sí, le respondí. Me dio una brocha y empecé a pintar. Cuando terminamos después de una media hora, al vernos nos reímos mucho porque los dos nos habíamos salpicado la cara con muchas gotitas de pintura.

Desde ese día empecé a trabajar, justo el año que cursé el primer grado de la primaria. Hoy me siento muy orgulloso de haber empezado a trabajar a tan temprana edad.

A los 12 años ya sabía soldar y a los 14 años trabajar con un pequeño torno. Mi rutina y la de mis hermanos era que al llegar de la escuela nos cambiábamos y trabajábamos ayudando en algo, pues siempre hubo mucho qué hacer. Los sábados por la tarde barríamos el taller y ordenábamos los materiales. Todos los días de las siete a las nueve jugábamos en la calle o escuchábamos los cuentos que contaba mi madre.

Nunca he pensado que el trabajo infantil sea malo. Lo malo es el maltrato a los niños, lo malo es que se pasen medio día en la calle sin que los padres sepan donde están, lo malo es que los padres al irse a trabajar los dejen encerrados viendo televisión. Lo malo es castigarlos para compensar otras frustraciones y fracasos, y lo peor es cuando por comprar estupefacientes, el padre se gasta el dinero de la casa y por eso manda a trabajar a sus hijos, y además, para compensar sus fracasos, les trata mal. Conozco abogados, médicos, personas que tienen tiendas o puestos de venta, que desde pequeños les han inculcado a sus hijos y sus sobrinos el amor y el deber al trabajo.

Por el taller de mi padre pasaron muchos niños en aquel entonces, que a los diez o doce años eran aprendices y aprendieron el oficio, fueron progresando para ser buenos mecánicos, se fueron a otros talleres o pusieron sus propios negocios.

Nadie pensaba que el trabajo infantil es malo. Lo malo, como en todo, son los abusos de las personas mayores que convierten a los niños en sus víctimas, al igual que los padres maltratadores.

Hace dos años había en las cajas de algunos supermercados muchachos jóvenes ayudando a los clientes a colocar los productos en las bolsas, de pronto desaparecieron y alguien me dijo irónicamente que ya no están porque ese trabajo va en contra de la dignidad de los niños. Y que es mejor que estén en el parque, viendo o jugando a matar marcianos.

Cualquier cosa mal hecha es mala. Con enseñar a los niños a responsabilizarse desde pequeños en que el trabajo es sagrado y que primero se deben cumplir con los deberes y después reclamar los derechos, no se les hace ningún mal. Por el contrario, si entre los 10 y los 15 años aprenden las virtudes del trabajo y que disfrutar de gustos requiere trabajo, menos posibilidades habrá que se vayan por el camino fácil de la delincuencia.

Yo digo que sí al trabajo infantil, que sirve para enseñar los valores del trabajo y sobre todo ayuda al desarrollo de las capacidades de los niños para triunfar en la vida.

*Ingeniero.

Columnista de El Diario de Hoy.

www.pedroroque.net