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Sobre la reversión del deficitario perfil del burócrata salvadoreño

Muchos tenemos nuestras esperanzas puestas en el relevo generacional para desplazar a esa generación de burócratas lambiscones, ineptos y pícaros que tanto daño le hacen al país

El Salvador, lamentablemente, sufre, desde hace años, una grave escasez de funcionarios probos, competentes y comprometidos con los intereses de la sociedad. Lo que sobran en los puestos superiores de los despachos ministeriales son burócratas lambiscones, ineptos y pícaros. Unos exhiben estas penosas características con mayor intensidad y frecuencia que otros, pero la mayoría, en un momento determinado, han demostrado que su designación en los puestos que ostentan, no se debe a méritos profesionales o educativos.

Hay excepciones, por supuesto. Conozco, por ejemplo, a policías y fiscales que con valentía, en diferentes momentos de la historia del país, con mucho profesionalismo, decoro y educación han manifestado a sus superiores que están en desacuerdo con disposiciones giradas por considerar que van en contra de los intereses de la sociedad y, consecuentemente, se han rehusado a acatarlas, sosteniendo su posición aún después de las presiones y artimañas empleadas por sus jefes para doblegarlos. Es importante aclarar que no estoy hablando de esos subalternos que se niegan a seguir instrucciones por razones ideológicas o preferencias partidarias. No me refiero a esos, que disfrazan su afinidad ideológica con un falso interés por el bienestar social, sino a los policías y fiscales que sobreponen los criterios técnicos y su ética profesional sobre su estabilidad laboral, dignidad, orgullo y, en algunos casos, hasta su seguridad. 

Desgraciadamente, los funcionarios lambiscones son los más comunes, cuyo único compromiso es con el que firma sus cheques y para quienes la ética, profesionalismo y los intereses de la sociedad representan lo mismo que un rollo de papel higiénico. Un ejemplo claro son los funcionarios del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública que lograron reengancharse en el Gabinete de Sánchez Cerén. Ahora se condena la negociación con las pandillas propiciada durante la administración de Mauricio Funes, pero esos burócratas jamás expresaron públicamente su desacuerdo con la oscura estrategia. Al contrario, aparecían bien felices y serviles atrás de Munguía Payés, entonces ministro de Justicia. En algunos casos lo lambiscón fue tan evidente que solo les faltaba sacar el pañuelo y secarle el sudor al jefe. Algunos de esos hasta tuvieron que tragarse las consignas que por años pregonaron contra militares, adoptando una ridícula y evidente complacencia, para mantener su puesto.

Hace algunos días, leí un artículo publicado en un medio digital sobre los jóvenes que han incursionado en los espacios de opinión. La autora etiqueta a este grupo como la “generación de editorialistas,”  les reclama que solo se limitan a escribir bonito y sugiere que les hace falta valor para trascender de las páginas de opinión a la acción. Estos jóvenes editorialistas, quienes pertenecen a una cohorte demográfica conocida como Millenials, han demostrado un renovado interés por expresar sus opiniones sobre temas coyunturales, algo que la cohorte anterior, conocida como generación X (a la que pertenezco), descuidó por años. 

La autora del artículo, como muchos otros personajes, trata de influenciar a los Millenials e intenta imponerles su criterio sobre cómo debería de ser su participación. Peor aún, lo hace de forma jactanciosa al adoptar una postura en la que ubica la forma en que su generación abordó la coyuntura social que llevó al conflicto armado, como el ejemplo ideal de cómo tiene que actuar la “generación de editorialistas.” Pocos días después, Leda Romero, una joven comunicadora salvadoreña radicada en Chile, dándose por aludida, escribió un artículo de respuesta, señalando que formar opinión es una manera muy poderosa de tomar acción, enfatizando la importancia del debate público de temas críticos. Muy atinada respuesta.
 
Muchos tenemos nuestras esperanzas puestas en el relevo generacional para desplazar a esa generación de burócratas lambiscones, ineptos y pícaros que tanto daño le hacen al país. La “generación de editorialistas,” estoy seguro, contribuirá de forma directa o indirecta a que esto se materialice.

*Criminólogo.
@cponce_sv