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Sobre el creer o no creer

El que desde hoy no esté el Presidente de la República, con el poder que el cargo le da, atacando y descalificando críticos desde la radio y la televisión, va a hacerle mucho bien al país. Ecuanimidad es lo que deberíamos esperar los ciudadanos de la mayoría en general pero en especial de quienes llegan a ocupar la máxima magistratura, ya que magnanimidad es un término que se apega más a quienes luchan por cultivar las virtudes humanas.

Creerle o no al nuevo gobierno sus llamados al diálogo para la búsqueda de acuerdos de nación, así como su mensaje de respeto al disenso con el reconocimiento de que vivimos en una sociedad plural, se ha vuelto frecuente tema de conversación al menos entre la mitad de la población que no votó por el oficialismo el 9 de marzo. Cada quien pensará como quiera --la libertad de pensar, a Dios gracias, prevalece siempre--, por lo que mi lectura va más allá sobre creerles o no: va con la salud general del país, que está muy mal y a todos nos afecta.

Estamos muy mal en convivencia, imperando en el debate público la descalificación, la mofa, el insulto; terrible está la inseguridad física y vamos quedando muy mal en seguridad jurídica. Sufrimos un estancamiento económico que nos ha hecho rezagarnos en la región, como nunca antes. No es entonces asunto baladí que se deje de utilizar la Presidencia para atacar el disenso, porque a partir de ahí es que se está intentando empezar a revertir un ciclo que debemos dejar atrás.

Poco podrán valer para la nueva generación a estas alturas, los acuerdos de paz. Esto no es el caso para quienes de forma directa participaron en ese esfuerzo durante dos años --tanto de un lado como del otro--, y aun para quienes periféricamente participamos, los acuerdos de paz significan el paso de raciocinio --así reconocido por la comunidad internacional-- para que sin vencedores ni vencidos nos reencontráramos en esta tierra que a todos nos vio nacer. Hubo tras la firma de la paz varios años de crecimiento económico iniciados durante el gobierno de Cristiani.

Es verdad que fallamos luego como Nación, al no haber podido mantener el espíritu de Chapultepec, en parte porque por paradójico que parezca, hubo dinero --para ambas partes-- para hacer la guerra pero no así para reconstruir el país. El cumplimiento de los acuerdos de paz, incluida la reconstrucción, fue labor que le tocó, fundamentalmente, al gobierno de Calderón Sol. Fue bajo su administración que nació la Comisión Nacional de Desarrollo y el ambiente político no se enrarecía tanto porque hubo comunicación.

Diálogo, búsqueda de acuerdos que ayuden a sacar adelante al país es lo que está planteando el presidente Sánchez Cerén, uno de los firmantes de los acuerdos de paz por parte de lo que durante la guerra fue la Comandancia General. Porque la negociación de la paz fue entre ARENA en el gobierno, Cristiani como presidente de la República y Calderón Sol como presidente de ARENA y alcalde de San Salvador, y la Comandancia General del FMLN. Y hubo acuerdos que nos permitieron dejar atrás la guerra y reencontrarnos como sociedad.

Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde entonces, pero es tal la crisis en que se encuentra El Salvador, que todos o al menos la gran mayoría deberíamos contribuir --cada quien según le compete-- para intentar sacarlo adelante. Más ahora que desde la primera magistratura del país se llama al diálogo y a la búsqueda de acuerdos en beneficio de todos los salvadoreños.

*Director Editorial de El Diario de Hoy.