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Sin responsabilidad no hay dinero que alcance

Se ha sacado más dinero a la gente, pero los recursos no alcanzan. Tres paquetes de reformas tributarias (2009, 2011 y 2014) han sido aprobados por el Poder Legislativo para, supuestamente, robustecer nuestra economía y favorecer a los salvadoreños más pobres. Sin todavía incluir los efectos perniciosos de las últimas medidas impositivas, está claro que el camino seguido hasta hoy ha llevado al país por una ruta muy diferente a la planteada por la propaganda oficial: la economía no despega, la inversión está estancada, los empleos se pierden, los servicios públicos se deterioran y el déficit fiscal aumenta.

Difícil ver por dónde nos enfilaremos al tan ansiado crecimiento, puesto que ni siquiera los más publicitados programas de asistencia social han podido consolidarse. La pensión a los adultos mayores se ha dejado de otorgar en meses recientes. Crece la abultada deuda del Estado con los proveedores del paquete escolar. Suman decenas las empresas de bienes y servicios que desde el año pasado reciben promesas en lugar de pagos.

Ya se arrastraba, por cierto, una fuerte contracción en las transferencias gubernamentales al sector privado, porque entre enero y mayo de 2013 se había registrado un desplome de más de 45 millones de dólares. Pero la contracción de este año, en el mismo periodo, es equivalente a casi 84 millones, situación que no se tenía en el país desde el año 2008.

De lo presupuestado para 2014, unos 208 millones de dólares en inversión pública, proyectados a mayo, habían dejado de invertirse. Esta reducción del gasto, positiva desde un ángulo estrictamente fiscal, da cuenta de una efectividad muy pobre desde el punto de vista administrativo, quizá atribuible a la transición gubernamental y a las reducciones esperables luego de un final de gestión signado por la lucha electoral. El problema es que esta caída en la inversión pública perjudica aún más los magros desempeños estatales en el rubro, algo absolutamente contrapuesto a lo que se nos prometió en las últimas dos campañas presidenciales.

Pero si algo creció entre 2008 y 2013, repito, fue la recaudación. Al menos 860 millones de dólares han pasado a incrementar los ingresos del Estado en este lapso, equivalente a unos 2 puntos porcentuales de la carga tributaria. ¿Qué ha generado este nuevo escenario impositivo, además de deprimir la economía, golpear la productividad y derrumbar todos los índices de inversión? Poco, en realidad. Muy lejos de reducirse, la brecha fiscal se ha agigantado, de 3.2% del PIB en 2008 al 4% registrado el año pasado. ¿Entonces? ¿Para qué seguir castigando a los sectores productivos y a las capas medias de la sociedad, cargándolos de impuestos, si la gran responsabilidad oficial de reducir los gastos y sincerar los presupuestos anuales continúa eludiéndose?

La seriedad en torno a la forma en que se administran los recursos del Estado debería ser condición indispensable para un diálogo nacional fructífero. Sin embargo, de persistir en su negativa a manejar las finanzas públicas con eficiencia y transparencia, el gobierno estaría cerrando la puerta a los entendimientos que necesita desarrollar con la empresa privada y la oposición política.

Jamás habrá crecimiento sostenible si la deuda se descontrola y los problemas de liquidez se agudizan con la entrega de presupuestos que no incluyen, por ejemplo, las devoluciones anuales a los contribuyentes (¡!). Tampoco ayudan mucho las reformas legales que buscan exhibir a personas o empresas cuyo prestigio, sin haberse agotado los procesos para declararlas deudoras, quedan a merced del arbitrario juicio de los funcionarios de turno. Ni qué decir de las medidas que crean distorsiones de impredecibles consecuencias, como las dirigidas a gravar las transacciones financieras.

Lo peor de todo es que los llamados a la sensatez y a la prudencia, hasta el momento, no encuentran la receptividad que se esperaría en un gobierno obligado por las circunstancias a ejercitar estas virtudes. Aumenta, eso sí, la incertidumbre, mientras se estrechan los márgenes y las ilusiones se desvanecen.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.