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Sin prisa

Pareciera que conforme avanzamos en edad el tiempo transcurre más rápido. Es posible que en esto tengan que ver el paso acelerado que imponemos a nuestras ocupaciones, las rutinas que hacen que un día se sienta igual que otro y la cantidad de nueva información que debemos absorber para mantenernos al día. Nos llenamos de responsabilidades y compromisos que no nos permiten bajar el ritmo, sintiendo que el tiempo se nos escapa como agua entre los dedos.

Y llegamos a una nueva Navidad y vemos que ésta se reduce a una serie de compromisos más. Reuniones sociales, compras, planes, hacen que pasemos la Navidad sin realmente vivirla. Celebramos, pero con la sensación de que algo falta, de que ya no es lo mismo. Los que hemos llegado a cierta edad extrañamos el espíritu navideño que tuvimos cuando éramos niños. Con nostalgia, intentamos rescatar algo de aquellas sensaciones, pero se vuelve difícil. Lo que nos queda es recordar, y hacer que los recuerdos impregnen, aunque sea un poco, el presente.

Hablo en plural porque creo que esto no me sucede sólo a mí y que muchos comparten esta sensación. Soy solamente uno más de los nostálgicos, y en lo particular, para aliviar esa falta, intento rescatar del pasado las emociones que las navidades traían, y a darle con esto un sentido más profundo a las que ahora celebro.

A veces, mientras todos duermen en casa, me siento en el sofá de la sala y, desde la penumbra, observo el árbol navideño. Lo miro más con la imaginación que con los sentidos, y de repente se transforma en el que tuve de niño y me transporto a aquel tiempo. Tiene sus ramas de tiras plateadas, sus frágiles bombas esféricas o alargadas, sus luces y su reflector que cambia el tono del árbol en azul, rojo, amarillo. Veo alrededor y está toda la casa iluminada, con un brillo que no proviene sólo de las luces sino también del estado anímico. Nadie falta. Veo a mis padres, hermanos, primos, tíos y a los amigos de la niñez. Entran y salen, conversan y en todos ellos veo la alegría reflejada en sus rostros. Estoy feliz y siento que las horas transcurren con una agradable lentitud. Pasada la medianoche el sueño me vence y me voy a la cama. Me duermo arrullado por las risas y las pláticas de los que aún celebran, seguro que al día siguiente la felicidad continuará.

Regreso al presente y medito en todo el tiempo que ha pasado y en tantas cosas que han cambiado. Pienso en los que ya no están, en los que hicieron posibles estos recuerdos. Les agradezco todo lo que significaron para mí, entre lo cual está el espíritu de la Navidad que intento mantener. Veo el árbol actual y espero que mis hijos lo vean con la misma emoción, y que su recuerdo les conforte en el futuro.

El espíritu de la Navidad es ante todo inocencia y buena voluntad, por eso es que los niños son los que más la viven. Los adultos, ya con menos inocencia y con muchos desengaños a cuestas, debemos intentar recobrar algo de ese espíritu.

Tratemos por un momento de bajar el ritmo y reflexionar. Celebremos, pero también meditemos en lo que estamos celebrando. Departamos, pero dejemos espacio para pensar en los demás. Hagámoslo sin prisa, del mismo modo que lo hicimos en otro tiempo.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.