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Siguiendo con los mosquitos

En el pasado artículo escribí sobre los descubrimientos que hicieron posible encontrar la relación entre los mosquitos y algunas enfermedades que han causado y siguen causando gran morbilidad y mortalidad en los humanos, como la malaria, el dengue, la fiebre amarilla y -- para nosotros nuevo protagonista-- el chikungunya. Debido a que los agentes etiológicos (virus o protozoos) de estas enfermedades no infectan directamente a las personas y necesitan al mosquito como medio de transporte, dijimos que el enemigo a vencer es el mosquito.

En la historia de la Medicina muchas veces ha ocurrido que el descubrimiento de una relación lleva rápidamente al control de la enfermedad, como pasó con ciertas enfermedades asociadas a la falta de vitaminas (en el caso del escorbuto la solución fue muy sencilla: comer naranjas y limones), o con otras que se controlaron con vacunas, antibióticos o, simplemente, con modificar hábitos. Cuando la relación entre el mosquito y las enfermedades que trasmiten fue descubierta seguramente se pensó que la solución estaba cerca. Eliminemos los mosquitos, dijeron, y problema resuelto.

Pero la cuestión fue más difícil de lo que se pensó. El mosquito resultó siendo una criatura demasiado lista, y ha eludido prácticamente todos los métodos de control que se han intentado. Muchas horas y muchas neuronas se han gastado para dar con un método eficaz para erradicar o al menos poner a raya a este insecto que ha sido muy versátil en cuanto a la supervivencia. Las formas ideadas llenarían varios anaqueles en una biblioteca, y han ido desde las muy artesanales e ingenuas hasta las altamente técnicas.

Los mosquitos pasan la primera parte de su vida en el agua, como larvas. Las hembras ponen un promedio de 100 huevos y, para producirlos, necesitan proteína que obtienen de la sangre que chupan. Solo las hembras pican. En estas especies los machos son más primorosos, y solo se alimentan del néctar de las flores. Con agudas cualidades perceptivas, además de reproductivas, detectan el calor y el dióxido de carbono que emanamos, y al final nuestras células sanguíneas terminan sirviendo de base proteínica para estos ruidosos voladores.

En la ciencia que se especializa en matar mosquitos se han empleado infinidad de métodos, entre ellos insecticidas, larvicidas y trampas que atraen y capturan al insecto adulto. Actualmente se prueban métodos altamente sofisticados, como la producción en laboratorios de machos infértiles, inoculación de mosquitos con bacterias que afectan su desarrollo o el de los parásitos que transportan, el uso de moléculas odoríferas que engañan o inactivan los órganos preceptivos que detectan el CO2, y mosquitos genéticamente modificados que pueden cambiar patrones de crecimiento e incluso modificar sus conductas. Estas posibilidades aún están en fase de desarrollo. Habrá que esperar para ver.

Mientras la ciencia logre resultados más letales se deben seguir usando formas tradicionalmente efectivas de control. Ya mencionamos en el artículo anterior que el uso de mosquiteros y el evitar acumulación de agua en recipientes (algunas especies de mosquitos solo necesitan el agua contenida en un tapón de botella para reproducirse), son formas de contención.

Lo que no mencionamos es que la Naturaleza tiene sus propios métodos de control de mosquitos, que nosotros hemos afectado al destruir los ecosistemas. Los mosquitos tienen enemigos naturales como los peces, las libélulas, las ranas y los sapos. Pero ya no los vemos. O los hemos envenenado o les hemos destruido su hábitat. Y sin ellos los mosquitos la tienen fácil.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.