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No, no me siento mejor

Quizá el síntoma más grave que caracteriza una democracia precaria es la carencia de independencia de los poderes, sobre todo del Poder Judicial, ya que es el pilar central sobre el que debe quedar constituida una democracia liberal 

Es fácil diagnosticar una democracia enferma, como muchas del continente, pero su cura es muy difícil sobre todo con una enfermedad tan avanzada, como es el caso de Venezuela y Ecuador. 

Síntomas inequívocos: los elevados casos de prevaricación, tráfico de influencias y una corrupción galopante, la falta de elecciones libres, o la ausencia de financiación transparente y democracia interna en los partidos políticos. Sin embargo, quizá el síntoma más grave que caracteriza inequívocamente una democracia precaria es la carencia de independencia de los poderes, sobre todo del Poder Judicial, ya que es el pilar central, sobre el que debe quedar constituida una democracia liberal; entendida ésta como un sistema político con elección libre de representantes, y siempre que logre instaurar un Estado de Derecho que permita garantizar los derechos individuales de los ciudadanos. 

Los males de nuestra democracia son serios y ya están bien enraizados. El verdadero problema, y solución al mismo tiempo, de nuestra democracia somos nosotros.

Nosotros somos quienes voto a voto (o no votando) hemos propiciado el problema institucional que ha venido creciendo. Nosotros somos quienes confundimos democracia con alternancia en el poder. Nosotros somos quienes hemos decidido votar por los rostros de nuestros supuestos representantes en la Asamblea. Nosotros somos los que vivimos en la ensoñación según la cual, siendo nosotros imperfectos, colocamos en el gobierno a otros imperfectos que nos dicen “encontrarán soluciones excepcionalmente perfectas a nuestros problemas”.

Nosotros somos los que vamos a votar sin leer ningún programa electoral, las siglas nos bastan, sin importarnos las tropelías cometidas bajo sus alas. Nosotros somos los que renunciamos a pensar por nosotros mismos, haciéndonos totalmente inmunes a los titulares y noticias de los medios. Así es imposible que una democracia funcione. 

Siendo la democracia, como es, un sistema imperfecto, se necesitan sarmientos legales insobornables para mantener su esencia: la participación de los ciudadanos en el diseño de sus propias vidas y entorno. 

La democracia nace como respuesta al abuso de poder. El legislativo, es el mecanismo de control de la acción del gobernante. La justicia es la que, desde la más escrupulosa de las independencias, garantiza la mejor y más ambicionarla de las igualdades: la igualdad ante la ley. Y de esos principios, no estamos defendiendo ninguno como debe ser. Y en medio de todo esto, la libertad de expresión atada al poste en Venezuela y Ecuador, que por cierto, son las naciones latinoamericanas que más han retrocedido en el continente en materia de libertad de prensa, según un estudio reciente, que también muestra una tendencia preocupante. 

Se teme que sin democracia acabemos todos en un todos contra todos, como ya está ocurriendo con las revoluciones bolivarianas, alternado con despotismos, en una anarquía dantesca y fratricida como entreacto del eterno retorno de los dominios absolutos. Y más aún si se sugiere la libertad en algún ámbito relevante. Es por ello que los más apasionados adoradores del “ídolo democrático”, sean también apasionados detractores de la libertad del mercado, lo que, en definitiva viene a constituir un rechazo de la libertad en su conjunto. 

Creen en la tela de araña de la regulación opresiva lentamente tejida por leguleyos al servicio de los populistas. No les importa si al establecer tan férreos controles se desincentive el mercado, el empleo, la productividad, la creatividad, la innovación, el progreso. Lo importante es que la araña estatal tenga su parte. 

La idea de libertad de estos “falsos demócratas”, de nuevo molde, es clara: ser libre es poder votar, poder marcar una papeleta y meterla en una urna en cada proceso electoral, ofreciendo a cambio, el “Paraíso de la Abundancia”. No, no me siento mejor.

*Colaborador de El Diario de Hoy.