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Siempre hay quienes luchan por el bien

Soy una persona sumamente afortunada, como lo he mencionado en este mismo espacio en el pasado, ya que encontré una disciplina y un oficio que me apasionan en extremo.

Los años que tengo de trabajar me han permitido comprender que en los ambientes y situaciones más desagradables --en las que parece que reina el mal a sus anchas y el bien está totalmente ausente--, siempre se encuentra un grupo reducido de personas comprometidas y decididas a cambiar este malévolo desequilibrio. El análisis técnico del delito pone a los criminólogos en contacto con los peores individuos y contextos de la humanidad, pero al mismo tiempo también con los mejores.

Gracias a mi trabajo he conocido y desarrollado amistades cercanas con policías y fiscales que cuentan con admirables trayectorias. Hasta la fecha, la dedicación, experiencia, pericia y entrega a su trabajo no dejan de asombrarme. Debido a la naturaleza de mi especialidad, la mayoría de mis amigos no son policías uniformados, casi todos trabajan en investigación, análisis criminal o inteligencia. No obstante, he pasado una significativa cantidad de tiempo junto a policías de tránsito y seguridad pública, a quienes respeto y admiro mucho.

La primera vez que me subí a un carro patrulla fue cuando trabajé de parte de mi universidad para el Departamento de Policía de Indianápolis. Fui asignado al área de investigaciones, pero conocí a policías de diferentes áreas. A la hora de comer, todo el personal --detectives, uniformados y analistas-- iban al mismo restaurante. En esa época, muchas de las personas que trabajaban en lugares de comida rápida o comedores eran ex convictos o personas asociadas de alguna forma con reconocidos criminales.

Por lo tanto, eran pocos los restaurantes en los que los policías se sentían seguros que su comida no sería escupida o algo igual de asqueroso. Así que en esos pocos, generalmente habían muchos detectives y uniformados. Durante mi primera semana de trabajo, Allan (el detective al que fui asignado) me presentó a Kim en uno de esos restaurantes. Kim, una mujer pequeña, joven y enérgica, se salía del prototipo de policía uniformado proyectado por Hollywood en películas y series policiales.

Al verla me pregunté cómo podría hacerle frente a los caricaturescamente gigantescos delincuentes que había conocido días antes con Allan. Cualquier encuentro entre Kim y criminales, en ese momento, me pareció injusto y peligroso. Mientras cenábamos, me di cuenta que a Kim le corría su profesión en las venas. Para ella, ser policía era más que un trabajo con el que se ganaba el pan de cada día. Su esposo, Jake, un policía de inteligencia criminal, que llegó pocos minutos después, me dejó una impresión similar.

El compromiso de este matrimonio con su profesión me dejó intrigado y asombrado. Afortunadamente, ambos me pidieron el favor de ayudarles entrevistando a unas personas de origen latinoamericano que no podían hablar inglés. Tuve, por lo tanto, la oportunidad de verlos en acción en sus trabajos. Mi respeto y admiración por los dos creció, en especial por Kim. Pude ver cómo esa mujer, de tan sólo 1.60 metros de estatura, inteligentemente y con mucha destreza manejaba y hasta esposaba a peligrosos delincuentes que medían más de dos metros. Gracias a su pericia y astucia, hasta esa fecha, a pesar que patrullaba sola el peligroso distrito, nunca tuvo que comprobar si el chaleco antibalas que religiosamente usaba durante su turno, funcionaba o no.

Igual entrega, paciencia e inteligencia he observado en policías salvadoreños uniformados. Siempre que leo noticias sobre personal policial involucrado en actividades ilícitas, me acuerdo de amigos como Kim y Jake, para consolarme con el recuerdo que siempre hay quienes están trabajando por revertir el predominio del mal sobre el bien, especialmente en los peores contextos.

*Máster en Criminología y Ciencas Policíacas.

@cponce_sv