Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

En el 15 de septiembre…

El Salvador es un gran país. Es nuestra tierra. Es un lugar privilegiado donde los volcanes, las montañas y el mar nos regalan hermosos y pintorescos paisajes. Es la nación donde el torogoz, el ave nacional, nos invita a la unidad familiar. Mi hijo de siete años me recordaba que este pájaro ama a su pareja, le es fiel y trabaja arduamente por llevar alimento a sus crías. Vaya ejemplo para nuestras familias, para los matrimonios, para el fortalecimiento del núcleo de la sociedad.

Esta nación ha engendrado a grandes seres humanos. Nuestros compatriotas han destacado en concursos internacionales. Un estudiante de la Universidad de El Salvador fue el mejor barista del mundo en el año 2011. Tenemos ingenieros aeroespaciales que aspiran ingresar a la NASA y jóvenes talentos que han ganado primeros lugares en olimpíadas de química y de matemática a nivel latinoamericano.

No cabe duda que existen motivos suficientes para sentirnos orgullosos. El resto del mundo nos identifica como personas muy trabajadoras, muy atentas, alegres y luchadoras. En una época nos llamaron "el país de la sonrisa". Somos una patria con identidad propia, un Estado que durante los 193 años que lleva como Nación independiente ha demostrado que los ciudadanos que lo habitan son hombres y mujeres que creemos en la libertad.

Apreciamos tanto esta facultad del ser humano que la incluimos en la Bandera Nacional, sobre una franja blanca y junto a otras dos expresiones llenas de mucho significado. "Dios, Unión y Libertad" son las tres rutas que la Patria nos ofrece para desarrollarnos como seres humanos. Son las anclas a las que están sujetas nuestras ilusiones y las de nuestros hijos.

Tristemente, en algún momento resquebrajamos estos tres faroles y creamos una espesa neblina que nos ha desviado del camino y nos aleja aceleradamente de aquello por lo que lucharon los próceres de la independencia.

Sacamos a Dios de las escuelas, de los trabajos y de nuestras familias. Peor aún, lo expulsamos de nuestras vidas. Lo desterramos de las calles de la ciudad, de los barrios, de las oficinas de gobierno. Lamentablemente sustituimos la bondad, el amor y la generosidad por la maldad, el egoísmo y la violencia.

Como consecuencia de esa decisión, en los últimos cinco años han sido asesinados aproximadamente diez mil jóvenes. Si observamos más atrás, entre 2005 y 2014 las estadísticas criminales reflejan que han muerto, incluidos los jóvenes, más de treinta y dos mil personas de manera violenta, todas salvadoreñas, hijas o hijos, padres de unos niños, hermanos de alguien, en fin, seres humanos.

También hemos vapuleado el concepto de "unión" que incorpora el pabellón nacional. Se ha extraviado el espíritu dialogante que permitió la firma de la paz hace 25 años. Desde entonces no ha sido posible encontrar una sola visión de país que incluya los intereses y anhelos de los políticos, los empresarios, los trabajadores y los movimientos sociales.

Desafortunadamente también se amenaza a la unidad familiar. Esta institución es atacada frecuentemente, en todos los países de América Latina y en el resto del mundo. Se quiere hacer creer que el matrimonio ya no es únicamente la unión entre un hombre y una mujer. Abundan los divorcios, las traiciones conyugales y el irrespeto de los hijos hacia los padres. Así no podemos prosperar, es muy difícil llegar a puerto si todos tiramos de la carreta hacia direcciones diferentes. De esta manera no es posible construir ciudadanía ni fortalecer la identidad nacional.

Finalmente regresamos al valor cívico de la libertad. ¿La recuerdan? Una de las tres palabras que están escritas sobre la Bandera: "Dios, Unión y Libertad", y que además está representada por el gorro frigio que adorna al Escudo Nacional.

A la libertad la hemos exprimido y la estamos transformando en la excusa que nos permite hacer y aceptar cualquier cosa. "Estamos sacrificando la verdad en el altar de la libertad". Resulta que en nuestros días, en esta época, lo anormal es lo normal y lo incorrecto es lo correcto. Los temas relacionados con el aborto, con el matrimonio entre personas del mismo sexo, con la manipulación genética y con la sustitución de los padres como los primeros educadores de sus hijos son ahora realidades que ya "no nos asustan". Esta situación está ahogando a muchos jóvenes, los está vaciando, los está confundiendo.

Por eso faltan personas en el mundo y particularmente en El Salvador que recuperen los más importantes valores cívicos: la responsabilidad, la honestidad, la valentía, el respeto y la tolerancia. Todos estos valores están buscando con urgencia quien los adopte. Necesitamos hombres y mujeres que no le teman a la verdad, héroes que recuperen aquello que es correcto y aquello que es normal.

(A la promoción 2015 de la Escuela Americana)

*Columnista de El Diario de Hoy.