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Señor Presidente Salvador Sánchez Cerén

Como alguien que un día lo conoció a usted como un hombre humilde y del pueblo, le insto a que vuelva la mirada a ese pueblo y que  comience a gobernar.

Recuerdo  aquella mañana de finales de 1983 cuando lo conocí en Morazán.  Tenía mucha curiosidad.  Usted era nada menos que el comandante en jefe de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), la otra gran organización guerrillera de las cinco que formaron el FMLN histórico.

Luego de las muertes,  ese mismo año, de Marcial y Ana María en Managua, primera y segundo al mando de las FPL, se especulaba sobre quién sería el sustituto. Nadie mencionaba su nombre.

Se hablaba de Salvador Guerra, del ya fallecido comandante Dimas Rodríguez y de otros líderes. Pero nunca su nombre. Al final resultó que fue usted  el elegido. Se dijo en el ERP que  la opinión de La Habana fue determinante. Lo eligieron, dicen, porque lo consideraban un hombre mesurado,  hábil para lograr pactos y sobre todo un convencido  marxista-leninista.

La mañana que lo conocí en El Pedrero me llamó la atención su aspecto humilde. El típico salvadoreño pequeño y moreno. Me llamó la atención su fácil sonrisa y su hablar pausado y sencillo.

Nadie en aquellos días se hubiese imaginado que un día usted llegaría a ser Presidente de la República. Todo mundo pensaba en Villalobos  o en Schafik.  Pero, sea como sea, usted es ahora el Señor Presidente.

Me dirijo a usted como un ciudadano que alguna vez compartimos los mismos sueños, sentimos a nuestros muertos y tuvimos la esperanza de que algún día viviríamos en un país mejor, donde los pobres tendrían una vida digna y feliz gracias a nuestros muertos.

Observando su gobierno y recordando a esos muertos no puedo dejar de recordar el epitafio que para Joaquín Pasos escribió Ernesto Cardenal: “Recordadle cuando tengáis puentes de concreto, tractores, plateados graneros, buenos gobiernos”.  Nada de lo que estamos viviendo se asemeja a lo escrito por el poeta y  al sueño de nuestros caídos.

Usted sabe que ni en el anterior ni en este gobierno se están haciendo las cosas como sus votantes esperaban. Mientras tanto el  pueblo pobre sufre lo indecible ante la falta de medicinas,  el desempleo, y lo más terrible: la permanente amenaza de ser asesinado por no entregar parte de lo poco que gana. Nadie, por otra parte,  tiene ganas ni armas para un golpe de Estado.

Esos rumores, esos ataques sucios  a los opositores, ese desligue  de  los trabajadores, los estudiantes pobres, los jornaleros agrícolas, los maestros, para privilegiar, en su lugar,  alianzas con lo peor de sus antiguos adversarios, hacen  pensar que usted  y sus compañeros  han perdido contacto con la realidad. Esta triste realidad con la que cada mañana amanece nuestra patria con la muerte rondando en cada esquina y recodo de camino.

Pareciera que su gobierno no tiene un plan  de país, sino un proyecto de permanencia en el  poder.  Eso explicaría esa falta de sensibilidad ante el sufrimiento de la gente,  la altanería de algunos de sus funcionarios y los ataque sucios  para destruir el honor de los opositores.

Ustedes controlan prácticamente todos los poderes del Estado. Además ahora muchos de sus compañeros son millonarios. Tienen el poder. Eso es una gran responsabilidad. Ya no se vale  la excusa del pasado para justificar las deficiencias del presente y menos lanzar rumores sin sentido y ataques  a sus críticos.

Como alguien que un día lo conoció a usted como un hombre humilde y del pueblo, le insto a que vuelva la mirada a ese pueblo y que  comience a gobernar.  Nadie le pide  que construya el paraíso, pero sí que por lo menos haga un gobierno probo y decente. Per,  sobre todo,  que priorice con toda la seriedad de un estadista la búsqueda de una solución integral a esta cruel matanza calificada ya como la peor en lo que va del nuevo siglo.

Acuérdese  de los sueños de aquellos mártires que ya ni siquiera mencionan en sus discursos: Apolinario Serrano, Juan Chacón, Dimas Rodriguez, Toño Cardenal, Felipe Peña, Eugenia Castillo y tanto otros. Recuérdelos y póngase la mano en el corazón y respóndase a sí mismo si está siendo consecuente con el sueño de tantos caídos. Todavía tiene tiempo. Rectifique, Señor  Presidente.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com