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El Salvador que conocí (segunda parte)

Nací en 1988 y no tengo un solo recuerdo del conflicto armado salvadoreño. Durante mi infancia noventera, El Salvador que conocí era muy distinto al que ahora conozco. Ir al mar era solo dejarse abrumar por un océano de aparente infinitud y permanente calidez. Ahora, ir al mar es eso y algo más; es dejarse hipnotizar por ese espectáculo de olas, sonidos y colores para olvidar, por un momento, el dolor humano que existe atrás en el país más pequeño y densamente poblado de la América continental.

En El Salvador que conocí, el primer contacto mediático con la delincuencia que recuerdo fue el de un joven secuestrado que aparecía en las portadas de los periódicos. Al terminar su largo cautiverio, el rostro de Andrés Suster era muy distinto al de aquel niño inocente de la fotografía mostrada por sus padres al público; tal vez por el transcurso del tiempo o porque la inocencia cedió al trauma de sufrir una cruda realidad que sufrirían otros salvadoreños desde distintas capas sociales. La cruda realidad era la de crecer en un lugar peligroso; la cruda realidad era la de mi maestra de segundo grado cuando pidió que oráramos por su sobrino desaparecido, Fernando Javier Rodríguez. Su caso también estremeció la opinión pública y, a diferencia de Andrés, el cautiverio de Fernando terminó con su asesinato.

Un día, el entonces partido en el gobierno utilizó el problema de la seguridad con fines electorales ante resultados desfavorables. Era el año 2003 y el gobernante de turno lanzó el plan "mano dura" acompañado de militares, policías y grafitis de aquellos jóvenes que habían importado un modelo de organización social y delictiva desde Los Ángeles a sus barrios de miseria, las pandillas. Meses después, su sucesor promovería la "súper mano dura" (sic) con la advertencia de que la fiesta había acabado para los criminales. Luego de terminar su período con mayores niveles de criminalidad, llegó la izquierda.

En 2009, el partido de la exguerrilla pasó a ser el partido en el gobierno. Irónicamente, quienes lucharon décadas atrás contra el ejército incrementaron tanto el gasto militar como las atribuciones de los soldados en tareas de seguridad. En contra de la Constitución y de lo acordado en 1992, nombraron generales al frente de la policía y del ramo de justicia y seguridad pública bajo la misma bandera del "manodurismo". Mientras eso sucedía, en secreto gestaban una tregua que derivó en la baja abrupta de homicidios después de trasladar a los líderes de las pandillas a cárceles de menor seguridad y que resultó ser un fracaso. El público supo de ella no por las mentiras que las autoridades brindaron durante las dos semanas en las que el entonces presidente no dio la cara, sino por una investigación periodística.

Recientemente, durante la campaña presidencial, un candidato se atrevió a plantear la militarización de la seguridad. Su contrincante, en cambio, planteaba una "mano inteligente" contra la delincuencia… Su contrincante fue comandante guerrillero; su contrincante ganó la elección; su contrincante ordenó, hace unos días, la creación de batallones militares para eliminar pandilleros sin pasar por juicio. Al parecer, de la historia se ha aprendido muy poco.

El Salvador que conocí era el país de la sonrisa, porque El Salvador que conocí no era el mismo país que conocieron otros de mi generación entre hambre y violencia. Poco antes de que el Pulgarcito fuera anfitrión de Miss Universo en 1975 --precisamente, bajo el lema "el país de la sonrisa"--, Roque Dalton publicó un poema de amor dedicado a los que no sonreían, a los "tristes más tristes del mundo", a los "comelotodo", a los "guanacos hijos de la gran puta". Los llamó sus hermanos. Y son nuestros hermanos. Son seres humanos con familias, con madres que los lloran y con comunidades que sangran y que probablemente vengarán su sangre. En El Salvador que ahora conozco, la militarización ha demostrado ser un franco error que borra las sonrisas de muchos. Por favor, no lo repitamos.

*Colaborador de El Diario de Hoy.

@guillermo_mc_