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El Salvador ¿polarizado?

Las sesudas conclusiones políticas de muchos respetables analistas --dicho sin sarcasmo-- coincidían todas en lo mismo al amanecer del 10 de marzo de 2014: la salvadoreña es una sociedad dividida. Y es que eso reflejó la lectura de los resultados electorales: la diferencia entre los dos principales candidatos fue de apenas un 0.2%, partiendo al electorado en dos bloques divididos por la línea ideológica.

Para muchos, lo anterior es un síntoma de lo mucho que le falta por reconstruir aun en materia de reconciliación a un país que se hundió en una cruenta guerra civil por más de una década. Para otros, es un augurio de las dificultades de gobernabilidad que se le vienen al próximo presidente, de lo difícil que la habría tenido el candidato que perdió y de la necesidad urgente de consensos mínimos para garantizar una base de unión social desde la que se pueda construir una agenda de país.

Sin embargo, para nuestra suerte, la literatura académica que por años se ha dedicado a conceptualizar las características que definen a las sociedades divididas no considera a El Salvador como un caso digno de estudio. La polarización, según la definen autoridades en el tema, Joan María Esteban y Debraj Ray, implica necesariamente aglomeraciones de segmentos de la población en dos polos, segmentos cuyos individuos son muy parecidos entre sí pero muy diferentes de los individuos aglomerados en el polo opuesto. ¿Es realmente esto algo que definiría a la población salvadoreña, incluso a aquella que votó diferente?

No necesariamente: en ocasiones pasadas ha quedado demostrado que gran parte de la población, aunque se aglomere en polos ideológicos diferentes, demuestra coincidencias individuales con segmentos aglomerados en el otro polo, cuando se han condenado enfáticamente actos de corrupción gubernamental, vengan de donde vengan. Individuos alineados bajo parámetros ideológicos diferentes coinciden en defender el Estado de Derecho, o la idea de que la ley debería aplicarse de igual manera a todos los individuos. Todos, sin importar la línea ideológica, desean de sus gobernantes una solución a los problemas idénticos que sufrimos en diferentes medidas: la falta de seguridad y otros obstáculos a la movilidad social. Estos parecidos entre individuos aglomerados en distintos polos serían imposibles en una situación de polarización real.

Innegablemente hay extremos en los espectros políticos. Pero de admitir que los hay a asegurar que toda la población se divide limpiamente en dos, aglomerada alrededor de estos polos --tan ideológicamente extremistas como inviables-- es un enorme trecho. La realidad, es que en promedio, somos más parecidos que distintos: no contamos con las diferencias étnicas que vuelven a otros estados (como Bolivia) plurinacionales, ni con las diferencias de lenguaje que han llevado a países como Bélgica a construir pactos que permitan un mínimo de gobernabilidad. En cuanto al contexto socioeconómico, la clase media sigue siendo más grande que los polos, aminorando polarizaciones que pudieran surgir de la desigualdad de riqueza.

Sin embargo, muchos continuarán insistiendo con la historia de que la polarización es demasiado alta en el país, basando su lectura en la polarización que ven entre nuestra clase política, cuyos incentivos tienden a la radicalización para la captura de votos y conquistas políticas y no al consenso. La ausencia de consensos tampoco es necesariamente perniciosa en una democracia, que se fortalece del debate siempre y cuando las diferencias se ocupen para limitar formas tiránicas de ocupar el poder y no para limitar la gobernabilidad. Es a los políticos a quienes conviene vender el mensaje de una sociedad polarizada, para pescar votos en el río revuelto de extremismos y ortodoxia. Los ciudadanos que a pesar de votar distinto coincidimos en la defensa de un sistema democrático, tenemos más en común de lo que nos quieren hacer creer.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg