Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El Salvador, inmune

La misma inmunidad nos protege para no enfermarnos de indignación ante rumores de mal manejo de fondos estatales por parte de funcionarios mientras faltan medicinas y se caen a pedazos las escuelas

Quién sabe si fue genética o buena suerte. El tema es que fui bendecida con inmunidad impresionante: resistente a estornudos del vecino de asiento en transporte colectivo, a comida callejera cuya ingesta equivaldría, en términos de higiene, a lamer una acera; a alergias clásicas (como a las nueces o los camarones) y alergias “de moda” (como el gluten y similares). He logrado revolcarme accidentalmente en mantos de chichicaste durante sesiones de “Escondelero” sin mayor accidente que suciedad en los pantalones. Y si no fue la genética y la buena suerte, quizás fue el abastecimiento de hierro y nutrientes necesarios a fuerza del obligatorio (derechos reservados: Tere de López) “¡nadie se levanta de la mesa hasta que se acabe TODO en el plato!”. O, indudablemente, el fortalecimiento de las defensas debido al ambiente, y en algunos casos, la costumbre.

Es esto último lo que le ha pasado a la sociedad salvadoreña: totalmente inmune a fuerza de la costumbre. No necesariamente fisiológicamente, sino emocionalmente. Aguantamos con todo. Nuestro umbral de tolerancia de lo que sería ofensivo o escandaloso en cualquier otra democracia constituida está tan alto, que Donald Trump pasaría por un delicado y cordial caballero. Es por eso que tenemos diputados (con varios períodos legislativos de experiencia) que se permiten decir de manera pública y sin tapujos, que la epidemia de violencia con la que nos estamos robando titulares es buena, porque son los pandilleros matándose entre ellos. Este mismo paladín de los derechos humanos, Guillermo Gallegos, en otras ocasiones también ha pedido “muerte a los mareros”, o a hecho llamados a que “tomemos la justicia en nuestras manos”. En otras partes del mundo lo anterior se habría tomado como clara demostración del quebrantamiento de su juramento a respetar y defender la Constitución, que pone a la persona como origen y fin del Estado, y ante la cual todas las personas (sí, también las que él llama “lacra”) son iguales. En otros lugares, la indignación del pueblo lo habría obligado a renunciar. No en El Salvador: aquí somos inmunes.

Inmunes también ante la “marcha” de un partido político que para hacer proselitismo, hace alusiones a tumbas y sangre en nombre de la libertad, ignorando que la paz es prerrequisito para la libertad, y que la vida y el principio de no agresión son sus componentes infaltables. Otras sociedades, en nombre de la sensibilidad y el respeto que le debemos a incontables familias cuyos apellidos están en tumbas a lo largo y ancho del país por culpa de la guerra o la inseguridad, habrían condenado enérgicamente que se siga haciendo proselitismo tan insensible y salvaje. En El Salvador no: inmunes.

La misma inmunidad nos protege para no enfermarnos de indignación ante rumores de mal manejo de fondos estatales por parte de funcionarios mientras faltan medicinas y se caen a pedazos las escuelas. Inmunes también, ante las excusas baratas y gritos de desestabilización de un gobierno incapaz. Inmunes ante la pobreza, que ha aumentado en los últimos períodos presidenciales. Inmunes, ante la falta de crecimiento económico. Inmunes. Ojalá se nos bajaran las defensas. Ojalá reaccionáramos. 

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg